ESPAÑA, PATRIA DE CIUDADANOS LIBRES E IGUALES

Millares de españoles llenaron ayer la plaza de Colón y sus alrededores, desbordándose en multitud de concentraciones a lo largo y ancho de la geografía, para decir al Gobierno de Pedro Sánchez que nuestra patria común no se vende, ni se trocea, ni se humilla, ni se arrodilla ante el chantaje, ni se cambia por una poltrona.

Que la Constitución no se toca, si no es a través de los cauces que ella misma establece a tal efecto. Que ha ido demasiado lejos en su claudicación ante el independentismo y es hora de que nos devuelva la voz, convocando unas elecciones en las que puedan medirse las fuerzas.

España ha despertado del larguísimo letargo en que la habían sumido las políticas apaciguadoras fraguadas durante lustros con una mezcla fangosa de cobardía y debilidad. Ha superado los complejos alimentados por una izquierda tan sectaria como irresponsable, que desde el arranque de la Transición, con tal de identificar a la derecha democrática con el franquismo, apostó mayoritariamente por renegar hasta del nombre de España, y por supuesto de nuestros símbolos nacionales, haciendo así el caldo gordo a los movimientos nacionalistas surgidos de las burguesías catalana y vasca, empeñadas en fomentar la escisión de sus ricas regiones para acumular más ganancias ahorrándose compartir beneficios.

Empieza a dejar atrás la amnesia inducida por un sistema educativo suicida, basado en la fragmentación de conocimientos y el adoctrinamiento de las mentes infantiles, que pone la ignorancia de la Historia o su tergiversación, así como la utilización forzosa de lenguas regionales en detrimento del español, al servicio de la desvertebración de este gran país y su sustitución por un conjunto de taifas. Proclama su voluntad de recuperar el formidable legado secular del que es propietaria, con la determinación de afianzar en él su presente y proyectar desde ahí un futuro esperanzador.

Las banderas rojigualdas que ondean ya con naturalidad en multitud de balcones y mástiles plantados en el centro de nuestras ciudades, las que enarbolan sin vergüenza ni temor alguno hombres y mujeres de distinta condición e ideología, representan a una Nación donde los titulares de derechos y obligaciones son las personas, no los territorios.

A una Nación donde quienes pagan impuestos en función de sus rentas, con el fin de garantizar la solidaridad y la prestación generalizada de servicios, son las personas, no los territorios. A una Nación donde la Ley ampara y obliga a las personas, no a los territorios. A una Nación de individuos dotados de libre albedrío, no de «pueblos» informes necesitados de caudillos.

El tiempo de la sumisión ante los dictados del secesionismo toca a su fin. Durante demasiados años han usado y abusado de su poder arbitral, hasta llegar al extremo de encumbrar a un presidente marcado por el signo de la derrota, que había sido previamente despreciado por sus propios compañeros de partido, con la única finalidad de manejarlo como a un títere después de haber perpetrado un intento de golpe de Estado.

Esta vez han ido demasiado lejos y agotado nuestra paciencia. España se ha desperezado. Se ha puesto en pie y exige que se le permita hablar. Se reivindica a sí misma en su bandera y sus símbolos, con un orgullo legítimo, ajeno a la soberbia y opuesto al supremacismo. El de una Nación de ciudadanos libres e iguales, dispuestos a defender esa libertad y esa igualdad de cualquiera que pretenda arrebatárnoslas.

Isabel San Sebastián ( ABC )