ESPAÑA, UN REINO DE ARCILLA

El Tribunal Constitucional ha evitado que el Reino de España se convirtiera durante unos días en el Reino de la Trapisonda, con los disparates de unos nacionalistas levantiscos a los que se les ha ido la pinza. Menos mal que, por unanimidad, los jueces han prohibido que el prófugo de Flandes sea elegido de forma telemática; o sea, investido sin autorización del Tribunal Supremo.

Los tribunales están cumpliendo con su deber al evitar el asalto a la Constitución. Pero hay en el ambiente algunos partidos y medios que siguen en la trapisonda, el embeleco y el alboroto, como si eso de la república de Cataluña fuera una función de teatro. En la carga de la prueba hacen tanto énfasis al hablar de los errores del Gobierno como de los delitos de los separatistas. Se burlan de los que alardean de patriotismo para tapar la corrupción. Es cierto que eso de la patria puede ser un ardid de pícaros y que no se sabe a estas alturas de qué se habla cuando se la invoca.

Para unos, la patria fue el sitio donde se encontraban bien; para otros, el lugar donde se había nacido; para los demócratas, hay un patriotismo democrático, que evolucionó hacia la pertenencia a Europa, como respuesta al nacionalismo que tanta sangre costó. Europa lleva luchando por la superación del Estado-nación muchos siglos: desde el año 212, por ejemplo, cuando el emperador Caracalla firmó el edicto que lleva su nombre, en el que concedía la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio.

Frente a la frivolidad de los que ponen a la misma altura al Gobierno y a los separatistas, habría que recordar que el patriotismo es defender al país de sus gobiernos corruptos, pero también es defender a un Gobierno cuando se enfrenta a una revuelta para trocear nuestra soberanía y debilitar Europa.

El Gobierno de España está en la legalidad, con ayuda de los partidos constitucionalistas. Como ha dicho brillantemente Alfredo Pérez Rubalcaba a Alsina, el Estado pagará el coste del desgaste, arriesgándose a recibir un varapalo, por quitar de en medio a un felón que estorba a su propia causa. Un tipo que tenía previsto hacer el discurso de investidura en el Parlamento flamenco, en el país donde aún se cita al Duque de Alba para asustar a los niños. Iba a burlarse de España en la madriguera de la Leyenda Negra, con el aplauso de españoles que, utilizando la expresión de Larra, se alimentan de oposición.

Como dice Antonio a Cleopatra, “los reinos son de arcilla” cuando están en manos de traidores y cobardes. Nuestra historia siempre tropieza con el abismo, la incertidumbre es normalidad y, a veces, insólitamente, el Gobierno tiene la razón.

Raúl del Pozo ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor