Aquí, a lo que se ve, no estamos mínimamente preparados para nada; no lo estábamos para la pandemia, pese a estar advertidos con tiempo, y tampoco lo hemos estado para los fenómenos atmosféricos recientes que paralizaron media España y de los que tuvimos anuncio a través del Instituto Nacional de Meteorología con la antelación necesaria.

España más se asemeja a un decorado zarzuelero, hecho de cartón piedra y tela, que a un país del que llamamos primer mundo y así, en condiciones favorables todo parece estar en su sitio, todo muy pulcro y ordenado; sin embargo, cuando las condiciones son adversas todo se viene abajo en un plis-plas y hacemos agua por todas partes.

De nuevo -tal vez todo sea producto de la maldición de Tutankamón-, en este caso la naturaleza, nos ha puesto a prueba y hemos visto como una buena parte de España no la superaba y se quedaba paralizada sin posibilidad de reacción, al menos a corto plazo, consecuencia de las fuertes nevadas que cayeron, de forma inmisericorde, el pasado fin de semana. Fueron cientos los españolitos de a pie que se quedaron bloqueados, durante horas, en carreteras, pueblos y aldeas sin posibilidad de ser socorridos.

Es muy posible que estos socialistas-comunistas-populistas, tan imbuidos en todo ese rollo del cambio climático -otra de las falacias de la izquierda miserable en concurrencia con el feroz capitalismo internacional-, hayan pasado por alto el hecho, contrastado, de que en el invierno suele nevar, con mayor o menor frecuencia y con mayor o menor intensidad, pero todos los inviernos nieva en una buena parte de España, país montañoso por excelencia, y eso exige, cuando menos, tener activados todos los resortes necesarios y disponer, a priori, de los medios necesarios para hacer frente a tal eventualidad.

Se puede admitir que nadie contaba con una nevada de estas características pese a que mi mujer, que no es meteorólogo, hace días me comentó que alrededor del día 7 se esperaba una gran nevada en Madrid y dudo mucho que tenga información privilegiada. Así pues, se ve que la cosa se conocía con tiempo. Sin embargo, nada de eso sirvió para nada ya que nadie previno nada. ¿Recuerdan cuando en marzo pasado todos sabíamos lo de la COVID 19 y aquí, nunca mejor dicho, como si nevara? Pues ahora, más de lo mismo aunque esta vez, sí nevó.

Es de suponer, que con esa ingente cantidad de asesores, de diferentes pelajes, que rodean y arropan al ínclito okupa de la Moncloa, alguno de ellos, al menos de los que tengan el bachillerato terminado -al parecer no son todos-, sepa medio interpretar un mapa de isobaras y así advertir que el asunto iba en serio.

Pero bueno, aquí se está a otras cosas -eutanasia, aborto, leyes liberticidas, sustracción de derechos y libertades, inoculación del terror, estados de alarma, etc.- y tal información no fue tenida en cuenta ni en consideración, ¿para qué?

Así las cosas, cuando el blanco meteoro tiñó con el color de la pureza una buena parte de España, cortando carreteras, cerrando puertos de montaña, impidiendo la circulación de trenes, vehículos, camiones e incluso el tráfico aéreo, el “trío calavera” salió a dar la cara -si es que se puede llamar así- en la televisión, aduciendo, con todo descaro y mucha prosopopeya, que no sé cuántas Agencias y Observatorios estatales, esos de nombres largos que nadie es capaz de aprenderse, se habían coordinado para resolver el problema y que ellos lo habían hecho todo a pedir de boca sin que se les pudiese objetar reparo alguno.

Algo así como “somos unos fenómenos y estamos aquí para contarlo y para que lo sepáis”. Es decir, a colgarse medallas como hacía aquel simpático prestidigitador que años atrás aparecía, de vez en cuando, en algún programa de la tele. En fin, bochornoso.

El caso es que, como sucede siempre, hubo que echar mano, permítaseme la redundancia, de los de siempre, del Ejército y de las Fuerzas de Seguridad del Estado, esos a los que odia y desprecia la progresía y la “podemía”, a los que consideran además de inútiles un gasto superfluo, que, con los presupuestos recortados y con medios en una buena parte de los casos obsoletos, salieron a las carreteras y calles a tratar de poner orden en semejante caos.

Sorprende que mientras se derrocha el dinero en granjearse una red clientelar de cipayos afines; mientras se permite que los separatistas catalanes se lo gasten en sus embajaditas; mientras se le da a manos llenas a los proetarras o a los nacionalistas vascos para que puedan dinamitar, cómodamente, los cimientos del Estado, los Ejércitos, necesarios siempre, siguen por la ruta de la penuria más absoluta, al igual que sucede con las Fuerzas de Seguridad del Estado que, por carecer, carecen de los vehículos con los medios necesarios para desplazarse en un escenario tan peligroso como el resultante de los fenómenos atmosféricos del otro día

Como en tantas ocasiones, España es grande en eso, hemos visto a buenos ciudadanos salir a las calles y pala en mano colaborar en la retirada de la nieve y del hielo; hemos visto a otros que, utilizando sus vehículos todoterreno, pagando de sus bolsillos el combustible, se han aventurado por carreteras y caminos, despreciando el miedo, para ayudar a los que precisaban auxilio. Acciones todas que dignifican a sus protagonistas.

Sin embargo, que curioso, no hemos visto ni al marqués del “moño sucio” ni a su “favorita”; ni a sus secuaces podemitas -o podemistas como les llama una buena amiga-; ni a las feminazis; ni a los del lgtbi y no sé cuentas letras más, ese; ni tampoco a los ilegales que siguen durmiendo cómodamente en buenos hoteles, atendidos con primor por las bailarinas cruzadas; ni a los sindicateros; ni a las “onges” -más bien “opges”-, ni a ninguno de esos miles que reciben cuantiosas subvenciones para vivir a cuerpo de rey a cuenta de todos, dando la cara siquiera con una pala en la mano. Suponemos que, una buena parte de ellos, estarán cómodamente sentados en sus casas, delante del ordenador, dedicándose a denunciar en las redes sociales a todos aquellos que no son fieles a la voz miserable de sus amos.

Antes bien, esta ultraizquierda canalla y perniciosa, incluso se atrevió a salir a las redes sociales, esas que solo sirven para ser altavoz de esa gentuza, limitando el derecho de opinión a los demás, tildando de fascistas a los buenos españoles que, abandonando sus quehaceres y jugándose el tipo, decidieron salir a la calle a ayudar a sus compatriotas a cambio de nada. Ya es hora de que se empiece a desenmascarar a todos estos malvados podemitas y demás ralea que nos están llevando, con su maligna ignorancia, a la ruina en todos los sentidos.

Tampoco hemos visto en tales lides a todos aquellos y aquellas que ocupan los escaños de la izquierda en las Cámaras parlamentarias, los afines al gobierno; esos que cada vez que habla el okupa de la Mocloa, el macho alfa del “moño sucio” o alguno/a de su manada, se ponen en pie y emocionados los ovacionan sin recato, ellos, poniendo cara de papanatas como si por iluminación divina entrasen en éxtasis, y ellas, sin parar de soltar fluidos vaginales a raudales.

Tampoco los hemos visto mover un dedo. Estos, también están a otras cosas que no suelen ir más allá de ser fieles siervos a sus amos para conservar las bien remuneradas poltronas escañeras.

Por lo demás, todo sigue igual. La campaña de inoculación del terror prosigue a buen ritmo. Ahora, el del jersey, nos dice que como fuimos malos en Navidad nos van a castigar sin la paga de la semana y sin dejarnos salir el domingo y así todos los días, a todas las horas el mismo mensaje que si mascarillas, que si distancia social, que si convivientes, que si reuniones de más de no sé cuántos…

Salvo honrosas excepciones, se entre en la cadena televisiva o emisora de radio en la que se entre, siempre es más de lo mismo, aumento de la ratio contagiado/habitante, cierres perimetrales, cierre de la hostelería, suspensión de actividades, la opinión de algún médico que nos tilda de irresponsables por jugar en la nieve o por salir a la calle, etc., etc., etc.

Es realmente inquietante observar cómo en unos pocos meses hemos pasado de ser un país libre, a acostumbrarnos a los arrestos domiciliarios, a la limitación de horarios, a la merma de derechos y libertades y lo más grave es que nos creemos, a pies juntillas, la falacia de que “lo hacen por nuestro bien”, cuando en realidad lo hacen por salvar sus culos y así seguir apoltronados, percibiendo sus pingües haberes.

Aquí, muy pocos son los que hablan, de la debacle económica, del paro, de la ruina, de que hay gente que pasa hambre, del dolor de los pequeños empresarios que ven como sus negocios se van al traste, de la cantidad de letreros de “se alquila” o “se traspasa” que proliferan en las calles de nuestras ciudades, de que al socaire de esto se están aprobando leyes liberticidas, de que se está poniendo a etarras en la calle, de que los catalanes siguen emperrados en su golpe de Estado a la par que piden la amnistía para sus encarcelados, de la alarmante subida de la luz -¿recuerdan la solemnes promesas del impresentable tipo del “moño sucio” y de su “favorita” a este respecto cuando ellos aún no habían recibido la dignidad de “marqueses de Galapagar”?-, de las mentiras diarias del gobierno, de que se están cargando España, etc., etc.

Todo eso parece irrelevante a la hora de defendernos contra el “chinovirus” que, por cierto, tras un año de irrumpir en nuestras vidas, todavía seguimos sin saber cómo se originó, ¿o lo sabemos…?

Aquí, solo se habla de que hay que seguir con bozal, de que tenemos que mantenernos separados de los demás, de que tenemos que retirarnos a las once de la noche, de que tenemos que estar calladitos y ser buenos, de que no podemos -me pone cada vez de peor uva este tiempo verbal, creo que me lo voy a cargar de mi léxico- reunirnos con nadie, de que tenemos que vacunarnos sin saber muy bien de que va ese rollo… El resto, queda todo en un segundo plano.

En fin, que aquí, a lo que se ve, no pasa nada, “España sigue dormida viendo la televisión” como cantábamos en nuestros años de la Organización Juvenil Española.

Esperemos que algún día de estos vaya y se despierte.

José Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )

viñeta de Linda Galmor