El universo observa un orden armonioso, invariable, y por eso nuestro planeta sigue su equilibrado curso entre el resto de los planetas, entre los astros, entre los mundos. De modo parecido a un rey o a un líder que ordena, organiza y manda con prudencia, y por ello es respetado. Pero cuando el objetivo del general, que debe servir de referencia y de punto de encuentro, no es semejante al de los soldados, ¿qué éxito en la empresa puede esperarse?

Cuando los ciudadanos vagan errantes y confusos, en desorden, en una mezcolanza funesta, con criterios endebles y erróneos, es normal que se produzcan escándalos, anarquías, abusos y cóleras, conmociones y temores. Fenómenos terribles, cambios nocivos e inesperados trastornan y destruyen, hunden en la angustia, frustran y desarraigan a la muchedumbre, sacándola de su natural inercia, de su habitual rutina.

Una empresa padece cuando se quebranta la jerarquía, cuando se desvanece la autoridad, cuando se corrompe el derecho, patrones éstos de todos los grandes designios. Sólo mediante la jerarquía pueden existir debidamente las asociaciones, las familias, las escuelas y universidades, el comercio y la industria, la propiedad privada, la vida rural y urbana, las relaciones sociales de todo tipo, los tribunales de justicia, las prerrogativas de la edad, el respeto a lo noble y excelente, a la creatividad y a la belleza.

Si suprimimos la jerarquía, si cortamos esa sola cuerda, todo el engranaje se vendrá abajo. Todas las cosas entonces van a encontrarse para combatirse, y el caos prevalecerá entre ellas y por encima de ellas. La violencia se adueñará de la calma; padres, hijos, hombres y mujeres se golpearán a muerte; la fuerza sustituirá al derecho, la justicia perderá su nombre y la razón se volverá culpable.

Entonces, como escribe Shakespeare en su Troilo y Cressida, todas las cosas se concentrarán en el poder, el poder se concentrará en la voluntad, la voluntad en el apetito, y el apetito, lobo universal, doblemente secundado por la voluntad y el poder, apresará a la humanidad entera, hasta que al fin acabe devorándose a sí mismo.

Y eso es lo que nos ocurre en la actualidad, de la mano de unas elites globalistas y de sus esbirros. Estamos retrocediendo a unas situaciones guerra-civilistas que nos aterrorizaron. Y no es imprudente el que lo denuncia, sino los que están empeñados en ello y los que se lo callan. No podemos dejar el mundo en las manos de unos dementes: antes que acaben con nosotros y con el mundo tenemos que acabar con ellos.

España -tal vez también la civilización occidental-, desgarrada por medio de un hedonismo ateo, una sexualidad viciada y una decidida tendencia secularista que encuentra sus apoyos en la desculturalización más zafia, se halla envuelta en una situación conflictiva. Mantenerse en el poder no le resulta complicado a Sánchez. Le vale con ir entregando trozos de España a sus socios, como el domador que echa carne a las fieras.

Los frentepopulistas, movidos por su sectarismo ideológico y su ambición personal, nos tienen secuestrados en nombre de la libertad. Según su falsaria doctrina, no votarles a ellos es una decisión antidemocrática. Por eso, si no les votamos, poseedores como son de atribuciones destructoras, están en su derecho de transformarse en bestias apocalípticas y desafiar a la ciudadanía mediante vandálicos disturbios y sangrientas vendettas.

Montarán piquetes, organizarán escraches, rodearán u ocuparán las instituciones, destrozarán comercios e incendiarán las iglesias, las bibliotecas y las calles. Y si en el entreacto alguien tiene que morir, morirá. Lo vienen consumando así desde que aparecieron en la historia; y acaba de insistir en ello, refrescándonos el recuerdo con gesto odioso y pendenciero, una miembra del Gobierno.

Debido al pensamiento políticamente correcto de la época, los españoles olvidan que los frentepopulistas no han pensado jamás sino en subyugar a nuestra patria o exterminarla. Hoy nadie parece echar de menos lo necesario, sólo lo accesorio. Hoy nadie nota la falta de una dirección y un orden inteligibles, la exaltación del amor entendido como generosidad y desprendimiento, el idealismo o humanismo cristiano ni el respeto por la verdad y la belleza.

Por el contrario, los modernos demiurgos han introducido en el alma de la sociedad nuevos e inquietantes enfoques acerca de la naturaleza y del mismo ser humano, a quien por todos los medios se trata de despojar de sus raíces familiares y de su individualidad, es decir, de su dignidad y religiosidad.

Desconcertado por esta anunciada quiebra de la civilización tradicional, el individuo se encuentra en inminente riesgo de precipitarse hacia su definitiva desnaturalización. Y con olvido de sus cualidades humanas, parece inclinado a convertirse, tras este preámbulo de indiferencia y de amoralidad suicidas, en un sujeto lobotomizado, sin alma.

En tales circunstancias se vuelve indispensable restablecer la armonía mediante la escrupulosa observancia de las nociones de jerarquía y orden como único camino para que la ciudadanía logre su postergado triunfo sobre el Mal. Sin embargo, restaurar esta norma no es tarea fácil porque el poder y el conocimiento, piedras angulares del universo humano, han sido desvirtuados de sus funciones.

El poder no puede basarse en la fuerza, sino, exclusivamente, en la legitimidad de su ejercicio; su autoridad es de índole puramente vicaria, pues emana en forma directa de un orden natural, cuyo código moral dispone que el gobierno sea ejercido con justicia, concordia y sabiduría.

En la Transición -que puede definirse como un tiempo de gobiernos traidores, presididos por felones que al acabar sus estropicios se van de rositas con millonarios ingresos asegurados-, este ideal político ha sido menoscabado por obra de dos factores que se complementan entre sí: primero, la inepcia de unos hombres indignos de su investidura y, segundo, su ilegitimidad como usurpadores, éticamente hablando. Ambos elementos han coincidido en las figuras que han manejado los asuntos públicos durante estas últimas cuatro décadas.

El efecto devastador que engendra la suma de ambos males está claramente expresado en la turbia realidad que padecemos. La traición, la corrupción, el chantaje y la violencia como instrumentos para instalar unos gobiernos sólo pueden conducir a que el futuro inmediato, si no ya el presente, clame por tantos actos ignominiosos, cuya consumación, inevitablemente, ha desembocado en la deslealtad, en el desorden, en la perversión, en la insolidaridad y en la injusticia.

De manera análoga, el conocimiento también se ha degradado, al dejarse seducir por preocupaciones abominables y totalitarias que lo han apartado de la búsqueda de verdades comprensibles. Lo cual ha resultado desalentador, pues a los detentadores del poder y a sus lóbis no les atrae la realidad sustancial, sino que tratan de modificarla para asumir una apariencia de lícita dominación, por más que no consigan ocultar su ridículo engreimiento, sus rasgos demenciales, ni sus obscenos fines a través de unas leyes autoritarias y brutales.

Como consecuencia de ello, poder y conocimiento pueden auxiliar la rehabilitación humana, pero por sí solos hoy día resultan insuficientes, no bastan para corregir la degradación social. Son recursos que sólo pueden suspender transitoriamente la acción del mal. De ahí que la batalla cultural, en todos los aspectos, esté obligada a dar la vuelta al calcetín de manera absoluta, con firmeza y convicción.

Actualmente, crear las condiciones óptimas para la regeneración significa no sólo volver a la religiosidad y al amor, sino que ambos sentimientos surjan en toda su pureza, liberando la generosidad. Sólo el ejemplo del desprendimiento, de la abnegación, de la belleza y de la excelencia pueden redimir al género humano en esta hora de tinieblas. Sólo este espíritu de devoción y sacrificio es capaz de transfigurar fructuosamente la realidad.

El autor de estas líneas, que se dirige a las gentes de bien, incluidos los incrédulos y los desesperanzados, es consciente de que, en última instancia, su reflexión parece resolverse en una suerte de utopismo. Que contenga médula, veracidad poética y encanto suficientes para cautivar a los ciudadanos y a los críticos y convencerlos de su necesidad, es otro asunto.

No obstante -salvo los muy ventajeros o los muy cínicos o los muy ciegos-, tanto tirios y troyanos, como montescos y capuletos pueden percibir el desamparo actual del hombre de a pie, víctima infortunada que naufraga en todos los mares.

Porque pocas veces, al menos en la civilización occidental, el ciudadano ha estado más carente de asideros morales, de referencias edificantes. Al hombre del siglo XXI, sin apoyo secular ni religioso, abandonado por el Estado y por la Iglesia, rehén de la tenaza plutócrata-marxista, zarandeado y humillado por ambos materialismos, adoctrinado por sus imperios mediáticos y educado en la sórdida cultura del desmerecimiento, le han dejado la brocha, pero, sin él saberlo todavía, le han quitado la escalera.

Su caída, pues, es perentoria; sólo falta para el estacazo que, tras despertar de su indiferencia, compruebe que ha estado pintando el techo sin maderamen ni montura, que a sus pies sólo existe el vacío y que le espera la más tenebrosa desolación.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España)