Cualquiera de las cuatro crisis que estamos viviendo -sanitaria, económica, política e institucional- sería capaz por sí sola de provocar un trastorno superlativo, que por desgracia salvo en el caso de la salud pública ya hemos sufrido. El problema es que ahora se retroalimentan unas a otras en un efecto de feed-back apocalíptico que multiplica su de por sí alarmante potencial dañino.

Ese factor es el que explica que España encabece los índices europeos de impacto negativo del virus; otros países padecen similares dificultades para combatirlo y varios han cometido en materia de salud pública errores parecidos, pero el nuestro se destaca por su rara capacidad de perjudicarse a sí mismo con una mezcla de confrontación sectaria, incompetencia técnica, fragilidad social y caos administrativo.

La peculiaridad española consiste en que resulta imposible afrontar tantos compromisos cuando la estabilidad del Estado pivota sobre sus peores enemigos: una amalgama de sediciosos convictos, populistas antisistema y terroristas reconvertidos.

Cuando Sánchez eligió a esos aliados, rechazando la coalición con Ciudadanos a pachas con un Rivera que aún se niega a reconocer su monumental error táctico, no sólo estaba comprometiendo las bases del orden constitucional con un desdén insensato sino que condenaba su propio proyecto a sostenerse en equilibrio precario.

En enero creía tener el horizonte social despejado y la pandemia apenas había comenzado en China su recorrido macabro; en los planes del presidente, el mandato estaba asegurado si lograba asentar su programa de «guerra cultural» y división de bandos.

Ignoró adrede lo que cualquier dirigente responsable hubiese tenido claro: que al primer contratiempo serio todos esos planes iban a venirse abajo. Lo más grave, con todo, es que lo sigue ignorando y al cabo de siete meses de descalabro económico y sanitario persiste en avanzar por el camino equivocado.

El famoso síndrome de la Moncloa, en su caso, no se manifiesta en el aislamiento psicológico sino en una hiperbólica fantasía de poder cesáreo. Durar va a durar, pero sobre un páramo de ruina y fracaso.

Porque nada funciona ya en este «viejo país ineficiente» que desesperó a Gil de Biedma. Lo poco que iba bien, que eran algunas instituciones más autónomas que independientes, se está hundiendo a conciencia. El poder judicial, el alto funcionariado, la élite de la empresa, se hallan en pleno proceso de autodestrucción, parálisis o quiebra.

El Gobierno incluso ha puesto en arresto domiciliario a la Corona, que era la última garantía de consistencia, y por debajo de ella no queda apenas ninguna instancia política o civil fuera de sospecha. El Covid está otra vez fuera de control y ya no sirve la coartada de la sorpresa. Se palpa un vértigo de tragedia.

Alrededor de la epidemia se van juntando todos los elementos de la tormenta perfecta.

Ignacio Camacho ( ABC )