En diversas ocasiones, hemos citado aquellas palabras clarividentes de Pasolini que denuncian la connivencia de la revolución neocapitalista y las fuerzas de la izquierda caniche, unidas para asegurar las condiciones que interesan a la plutocracia. Pero, como el propio Pasolini señala, para detectar este contubernio hace falta ser «un hombre antiguo, que ha leído los clásicos y ha recogido las uvas de la viña».

A veces este contubernio adquiere, sin embargo, contornos tan evidentes que cualquier persona que no tenga arrasadas las meninges por el napalm de la propaganda puede reconocerlo fácilmente.

Ocurre así con el acuerdo educativo alcanzado para el retorno a las aulas; un acuerdo, por cierto, que delata de forma clamorosa la falta de lógica que rige todas las medidas preventivas arbitradas con ocasión de la plaga coronavírica, que a la vez que restringen las reuniones de adultos (incluso al aire libre) auspician las reuniones de niños, que por ser inconscientes de sus actos son el mayor cocedero coronavírico que uno imaginarse pueda.

Y para justificar esta chirriante falta de lógica, la izquierda caniche recurre a la típica marca de la casa, la coartada emotivista, afirmando que de este modo se evitará el daño «irreversible» que sufrirían los niños, en especial los de familias más pobres, que no podrían ser atendidos por sus progenitores, por tener que trabajar ambos para conseguir sendos sueldos birriosos.

Así, la izquierda caniche, en lugar de aprovechar la situación de fuerza mayor generada por la plaga coronavírica para señalar los abusos de la revolución neocapitalista, garantiza su perpetuación.

Una izquierda que estuviese al servicio de los trabajadores, y no de la plutocracia, denunciaría el grave crimen contra la infancia que constituye que ambos progenitores se vean obligados a trabajar fuera de casa, para subvenir a las necesidades familiares, dejando abandonados a sus hijos.

Y se preocuparía de instituir un «salario familiar» que procurase los recursos para una vida auténticamente humana, que desde luego incluye la formación de una familia. De este modo, ante una situación de fuerza mayor, bastaría que uno de los progenitores trabajase, mientras el otro podría cuidar de los hijos.

Este «salario familiar», que serviría como dique contra la revolución neocapitalista, auspiciando una antropología de los «cuidados» (palabra que tanto gusta de boquilla a la izquierda caniche), sería además la piedra angular para la fundación a medio plazo de una nueva economía.

Pero la izquierda caniche no sólo se preocupa de garantizar la perpetuación de los sueldos birriosos que impiden a los progenitores cuidar de sus hijos. También se esfuerza para que ni siquiera haya progenitores en el sentido propio de la palabra, favoreciendo la precariedad de la institución familiar de todos los modos posibles, desde la agitación de la lucha de sexos hasta la exaltación de la infecundidad.

Así beneficia los intereses de la plutocracia, que necesita masas amorfas y desvinculadas, ahítas de soma penevulvar, que se conforman con sueldos birriosos; y así puede dedicarse a formar a los niños en realidad huérfanos (puesto que sus padres no pueden cuidarlos), cuyas conciencias moldea en los principios que interesan a la plutocracia.

Por supuesto, esos niños que tendrán que ir a la escuela porque sus padres no pueden cuidarlos contribuirán a extender la plaga coronavírica, poniendo en riesgo la salud de las personas más vulnerables.

Pero esto no debe importar a la izquierda caniche, pues la revolución neocapitalista para la que trabaja tiene -como nos enseña el cínico Hayek- hecho su «cálculo de vidas».

Y, caramba, le sobran vidas a porrillo.

Juan Manuel de Prada ( ABC )

viñeta de Linda Galmor