Desconozco -dijo aquel extraño- cómo se resolverán finalmente las esquizofrenias sociales que se están inoculando en las últimas generaciones. Éstas crecen en un mundo cultural posmoderno que abre sendas a los más profundos relativismos, pero simultáneamente conviven con instintos arcaicos, unos atavismos heredados a través de siglos que no pueden rechazarse sin sufrir consecuencias negativas en su identidad. Porque no es fácil dar la espalda al propio pasado.

Esa esquizofrenia ya se dio en cierto modo en quienes desarrollaron su infancia y juventud en una omnipresente atmósfera religiosa. Y no me refiero aquí a la religiosidad ateológica, que es innata, sino a las prédicas y liturgias que se manifestaban en los detalles cotidianos.

La propia Iglesia, en nuestro caso, facilitó erróneamente la salida en aquel conflicto dando varios pasos atrás y dejando vía libre a otras doctrinas o confesiones, casi todas temporales, como las marxistas y las prometeicas con tufo protestante.

Así, tanto la alabanza de la fe como la enseñanza racional de la doctrina católica perdieron pie y prácticamente se disolvieron, dejando huérfanos espiritualmente a la mayoría de sus creyentes, fueran practicantes o no. Frente a la moral rigurosa y prescriptiva fue fácil inclinarse hacia la libertad sexual cantada a los cuatro vientos e incluso a una equívoca alegría de vivir.

Pero como aquellas personas -digamos- se hartaron de rezar rosarios y escuchar historias sagradas o vidas de santos, aunque agobiados entonces por las imposiciones clericales, no pudieron nunca desprenderse, unos más y otros menos, de la emoción religiosa. Ni pudieron, aun sin fe, dejar de ser culturalmente católicos o, mejor aún, cristianos. Y ése ha sido, hasta no hace mucho tiempo, un rasgo singularmente español.

Y con estas tradiciones albergadas en el inconsciente no pocos se han visto luego envueltos y abducidos por las usanzas opuestas, de raigambre antiespañola y anticatólica y afanes rupturistas, en tanto que otros, los fronterizos, se hallan en la tierra de nadie, conscientes de que el pasado no ha de regresar y recelosos de un futuro que parece llevarse todo lo prudente y ético por delante.

Estos individuos de frontera, estos lobos solitarios, defienden códigos de principios hoy obsoletos, por desprestigiados; desconfían de los ismos al uso; no se adoran a sí mismos ni exhiben sus deformidades en elegidos días de orgullo; abominan del pensamiento único, del buenismo cursi e hipócrita, de la religión prometeica o progre-laicista, y huyen de tópicos y de medios informativos profesional y moralmente repulsivos. Por eso son sospechosos para tirios y troyanos.

Y más lo son aún porque sin ser fanáticos del franquismo le reconocen -en todos los aspectos- la modernización y el progreso de España más significado en varios siglos, máxime al confrontarlo con el liberalismo al uso, la democracia occidental al uso, con esa barbarie consistente en una mezcla de marxismo y capitalismo que, cada uno por su lado, depredan al pueblo y reducen la esencia del ser humano a mecanismos socioeconómicos humillando su otra mitad, la espiritual, que es la fundamental porque le distingue de las bestias.

Éstos, como digo, que, lejos de apuntarse al viento corredor, viven contra corriente, rechazando estereotipos ideológicos, sectarismos y ventajas, tienen puesto su interés en la dimensión espiritual del hombre. De ahí que les repugne el falsario progreso social que venden los instalados y dediquen su esfuerzo a descubrir los pocos individuos excepcionales y de buena fe que existen para unirse con ellos en la resistencia.

Porque un grupo de ilustrados, que amen a la Patria y estén convencidos del objeto a alcanzar, serán capaces de salvar a España, dándole nueva forma, proponiendo nuevas leyes o haciendo cumplir las buenas que ya existen. En toda nación, siempre una minoría ha constituido el germen para alcanzar su grandeza. Ese grupo de sabios sé que existe. Es preciso hallar el detonante que los ponga en movimiento y, de su mano, de nuevo en acción a la enseñanza de la excelencia y a la justicia.

Eso dijo aquel extraño, y yo permanecí en absoluto silencio. Pero, aunque diciendo para mí «¡Dios te oiga!», no pude dejar de pensar que, densa y húmeda, como la de una caverna, es la atmósfera de nuestra sociedad. Hay un resentimiento más o menos inconsciente.

La provocación de escándalos y disturbios cotidianos puede considerarse como un resultado de la ausencia de responsabilidad y obligaciones, teniendo como modelo a unos dirigentes mayoritariamente ladrones y criminales.

En los tiempos que corren la conciencia está ausente. Hay un exceso de relativismo, sin compromisos para con la sociedad. La consecuencia es un enfurecimiento contra esa sociedad que no necesita a los espíritus nobles ni a los jóvenes válidos, y no les permite sentirse importantes.

La educación deshumanizada y pervertidora y una justicia mayoritariamente venal y partidista han engendrado generaciones de crisálidas cuya única ambición es sobrevivir.

¿Cómo reponer, en estas condiciones, la normalidad en la opinión pública, para enfrentarse a un sistema político podrido y agonizante?.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )