No ha terminado agosto y los datos confirmados a mitad del presente mes muestran esta «nueva normalidad» incontestable. La cifra de contagios crece más deprisa que las pruebas realizadas por nuestras 17 sanidades autonómicas. Además, según la Organización Mundial de la Salud, el porcentaje de positivos sobre el total de pruebas realizadas certifica el descontrol.

Los datos que hoy publica ABC demuestran que en España estamos cada vez más lejos de atajar la segunda oleada del virus. Vamos por detrás y a remolque. Los hechos demuestran que la «nueva normalidad» solo era el título para los monólogos televisados del presidente del Gobierno. Vivimos en una anomalía permanente desde que empezó esta epidemia.

El Gobierno se desentendió a finales de junio como si su trabajo hubiera finalizado. Las Comunidades Autónomas han tomado decisiones que les superan al no estar bajo el paraguas de un decreto de alarma o excepción. Se lo acaba de decir un juez al Gobierno de Madrid que, como todas las autonomías, no tiene otros remedios y ha adoptado medidas que afectan a derechos fundamentales, algo que solo deben hacer el Gobierno de Sánchez y el Congreso.

Las autoridades sanitarias autonómicas necesitan de una autorización judicial que están obteniendo de manera muy condicionada o limitada por parte de sus señorías. Si algo así iba a ocurrir y no lo sabía el actual Gobierno de España es como para echarse a temblar por la enésima negligencia. Mejor no pensar en el supuesto contrario.

Sánchez soltó el mando único antes de tiempo, condicionado por los nacionalistas e independentistas de los que depende. El resultado no puede ser peor, otra vez. Como si en la primera oleada de la crisis no se hubiera aprendido nada. Ni antes con un solo mando, ni ahora con 17 hay un plan coordinado y eficaz que por lo menos nos iguale a otros países europeos.

Tras el peor verano para el turismo que se recuerde, con las finanzas del Estado acercándose peligrosamente a un terreno resbaladizo y sin saber cómo va a ser el regreso a colegios, institutos y universidades, por lo menos tenemos claro que la «nueva normalidad» solo era una manera de hablar.

Si era nueva no podía ser normal.

Juan Pablo Colmenarejo ( ABC )