En algunos medios de comunicación hemos visto, en sus ediciones correspondientes al sábado pasado, fotografías de los recios controles, en este caso activados por la Guardia Civil, en los accesos a algunas Comunidades.

De inmediato, recuperamos la imagen de los dispositivos activados por las Fuerzas de Orden Público en los peores años de la guerra contra ETA, aquellos que, los que tuvimos que sufrirlos en primera persona viendo como caían, vilmente asesinados, a diario compañeros nuestros tanto de las F.S.E. como de las F.A.S., denominamos los “años de plomo”.

También nos recordaron aquellos otros D.E.C. (Dispositivos estáticos de control), tantas veces activados, en los que hemos intervenido para prevenir la comisión de graves delitos -terrorismo, tráfico de drogas, crimen organizado, etc.- en cuyo concurso participaban peligrosas bandas de malhechores y terroristas.

Sin embargo, lo que menos nos podíamos imaginar era que para disuadir a familias o personas de toda clase y condición que, ejerciendo su derecho fundamental a la libre circulación y aprovechando un puente o un día libre, pretendían trasladarse a visitar a sus familias fuera de su Región de residencia o simplemente a pasar un fin de semana fuera de sus casas, se precisase activar controles utilizando armas largas como si de la caza del más peligroso y perverso terrorista se tratase.

Pensándolo bien, no me explico como no se emplean vehículos blindados o, mejor, se despliega a Unidades militares provistas de elementos acorazados o mecanizados, aunque, visto lo visto, estoy seguro de que a todo se llegará.

No hemos visto que esta desproporcionalidad de medios se emplease, por ejemplo, para reprimir a aquellos terroristas callejeros de extrema izquierda que, días atrás, incendiaron las calles de Barcelona, ni tampoco que se activasen filtros fronterizos disponiendo de tales medios para evitar la llegada a España de grupos marxistas o anarquistas, venidos de otras partes de Europa, para alentar los movimientos de terrorismo callejero en nuestras ciudades.

Tampoco hemos visto que se adopten medidas semejantes o se empleen medios parecidos para evitar la invasión de ilegales que, a diario, llegan a nuestras costas y de los que ignoramos si vienen contagiados o no del maldito “chinovirus”.

Sin embargo, lejos de eso, tales medidas solo se adoptan para evitar que los españolitos de a pie, los que pagamos religiosamente nuestros impuestos, podamos ejercer libremente uno de nuestros derechos fundamentales: el de libre circulación.

Estamos llegando a una situación insostenible en la que los políticos, de uno y otro signo, tanto los miserables socio-comunistas que gobiernan España, como los reyezuelos de poca monta que reinan en los diecisiete reinos de taifas, amparándose en esto que ellos llaman pandemia y que realmente no se sabe bien lo que es y aduciendo nuestra salvaguarda sanitaria, campan por sus fueros haciendo lo que les da la real gana y saltándose a diario una Constitución que, a cada paso, tiene menos valor ya que es conculcada por cualquiera sin que los órganos que deben velar por su estricto cumplimiento muevan un dedo para evitarlo.

La operación es de gran calado. Primero, nos han inoculado el terror hasta límites insospechados, logrando que todos desconfiemos de todos y así evitar siquiera que podamos manifestar a otros nuestra opinión real sobre lo que está sucediendo. Para ello, han contado, como no, con el concurso indispensable de los medios de comunicación debidamente comprados en los que un montón de estúpidos dicen, palabra por palabra, aquello que les ordenan sus amos.

Con la cortina de humo del terror inoculado, han comenzado a coartar, una a una, nuestras libertades. La de reunión, la de manifestación, la de opinión, la de movimiento, incluso la de no poder negarnos a ser vacunados con la vacuna que ellos quieran sea o no efectiva y nosotros calladitos no sea que nos castiguen propagando más el virus chino. No olvidemos que ya nos amenazan con una cuarta o quinta, no sé por cual van, nueva ola, como si se tratase de algo que se pueda liberar a gusto del consumidor, ¿será eso…?

En el colmo de esta paranoia que alientan y protagonizan a diario los medios de comunicación -esos que se pasan el día, de la salida del sol al ocaso, machacándonos con lo mismo-, el otro día escuché a uno estos gurús de la información desinformada, clamar contra los que pretendan manifestarse denunciando esta pérdida de libertades, argumentando que para eso están los micrófonos de las emisoras de radio, las cámaras de las cadenas de televisión o las columnas de los periódicos. ¿De verdad que te crees eso? Si es así, entonces tienes un problema, eres tonto de baba.

¿En cuantas emisoras, en cuantas cadenas, en cuantos diarios tiene cabida la opinión de los que disienten de la versión oficial? Es igual que sean premios Nobel, médicos, epidemiólogos, virólogos, biólogos… Cualquiera que pretenda manifestar su opinión contraria a los confinamientos indiscriminados, a los absurdos cierres perimetrales, al uso de la mascarilla en todo tiempo y lugar, al miserable toque de queda, a lo incierto de los efectos de las vacunas, es maldecido y señalado con el dedo inquisidor e incluso algún ignorante o alguno que no lo es tanto, pero que está bien retribuido por el poder, tratará de desacreditarlo y poner en tela de juicio su opinión por muy razonada que esta sea.

Nos encontramos ante la absurda situación que permite a un alemán, a un francés o a uno de Dinamarca, venir a Madrid y desde allí desplazarse libremente a cualquier rincón de España, sin cortapisa alguna, y, sin embargo, nosotros no podemos siquiera visitar la provincia limítrofe simplemente porque al reyezuelo de turno le sale de… bueno, ya saben ustedes de dónde.

De verdad, alguien cree en las casualidades. Llama poderosamente la atención que una buena parte de los políticos, especialmente de izquierdas, aunque supongo que del otro lado también, luzcan en la solapa la misma insignia, esa del gran reseteo mundial, un movimiento que pretende convertirnos en esclavos de las elites marxistas-capitalistas internaciones; igual que llama la atención que la ultra izquierda se manifieste, de forma violenta, por temas menores como el caso de ese delincuente que ingresó en prisión o las feminazis pongan el grito en el cielo por no poder celebrar multitudinariamente el 8 M y, sin embargo, ninguna de estas facciones haya levantado la voz para exigir libertad y la devolución inmediata de nuestros derechos fundamentales. No deja de llamar la atención este servil silencio.

La libertad se nos escapa a raudales y a cambio las encuestas siguen dando ganador al cancerígeno Partido Socialista Obrero Español, es más letal de cuantos partidos han estado presentes, a lo largo de la historia, en el devenir político español. De ser así, llegados los comicios, el pueblo español, especialmente los que los voten, tiene un problema muy serio.

Lo del jueves o viernes pasados, los férreos controles de la Guardia Civil, siguiendo las órdenes de los políticos de turno, se repetirán, a buen seguro, en vísperas de la próxima Semana Santa. De nuevo parecerá que estamos en una suerte de estado de guerra, sin embargo, que nadie crea que esa guerra es contra el “chinovirus”, es contra nuestra libertad.

Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )