ESTAMOS CAYENDO EN LA TRAMPA DE LOS SEDICIOSOS

La opinión que sigue la voy a fundamentar en hechos indiscutibles más que en sentimientos o sensaciones para hacerles ver que los sediciosos han logrado que valoremos los resultados electorales de ayer desde su falaz perspectiva: como si hubiera estado en juego la secesión de Cataluña. Veamos.

Las elecciones de ayer eran simplemente autonómicas. Su objetivo era, por tanto, determinar la composición del parlamento de Cataluña. Dichas elecciones se convocaron y se celebraron en el marco de la Constitución y las leyes, y, por mucho que hubiera quienes defendieron propuestas que nada tenían que ver con la composición de la Cámara catalana, lo que es absolutamente indiscutible es que el único resultado válido de los votos emitidos fue determinar el reparto de los 135 escaños del Parlament.

Otra verdad incontrovertible es que los efectos de las elecciones se redujeron a la Comunidad Autónoma de Cataluña. Lo cual significa que el procedimiento electoral desarrollado ayer no afectó en absoluto a la soberanía nacional que, como es sabido, reside en el conjunto del pueblo español. Las elecciones solo se contrajeron a la expresión de la voluntad de los catalanes en relación con la materia de su competencia específica referida exclusivamente a la composición de una de las instituciones de su autogobierno, como es el Parlament.

Por lo tanto, son absolutamente falsas las declaraciones de Puigdemont de que “la república catalana le ha ganado a la monarquía del 155” y de que “el Estado español ha sido derrotado“. Ayer no se jugaba ese partido, se jugaba otro muy distinto: solo, si se me permite la frivolidad, la final de la “Copa de Cataluña”. Razón por la cual, las declaraciones de Puigdemont son tan disparatas como si dijera que el Nástic de Tarragona fue campeón de Europa cuando ganó la copa de Cataluña de 2017.

De lo que antecede se desprende que, con las reglas de juego de la actual Constitución –que son las únicas válidas en este momento- poco importa si los votantes independentistas fueron más o menos del 50% de los catalanes.  Y es que, aunque fueron la inmensa mayoría, no es su voluntad la que hay que tener en cuenta, sino la del pueblo español en su conjunto. Ésta es la perspectiva que no debemos abandonar por muchas trampas que nos pongan: no hay soberanía catalana, sino soberanía nacional española. Todo lo demás son ganas de enredar.

Por eso, que los sediciosos le hayan dado a las elecciones de ayer un carácter plebiscitario es otra más de sus añagazas. Pero no debemos caer en ella. Para el Estado español sería mejor que no hubiera estos movimientos independentistas, pero no es la única Nación que los tiene. Otros países de nuestro entorno también los sufren y no pasa nada. Hay que aguantar el tipo y no volverse locos ni darle mayor importancia de la que tiene. La nueva composición del Parlament, lejos de facilitar una vida política tranquila y sin sobresaltos, traerá gran inestabilidad a esta región española. Lo cual es el resultado de una muy desafortunada legislación electoral autonómica.

Todo ello tendrá, sin duda, consecuencias negativas para el resto de España, a la que le resultaría más fácil competir internacionalmente sin la pesada carga  del secesionismo. Pero eso es lo que han querido  los catalanes que votaron por la actual composición del Parlament. Y aunque todos de un modo u otro suframos las consecuencias, los que van a sentir más de cerca e intensamente los efectos negativos de su panorama político son ellos mismos.

José Manuel Otero Lastres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor