No me gusta criticar la actuación de ningún Cuerpo policial, dada mi pertenencia a uno de ellos, y menos la Policía Municipal de mi ciudad ya que me unen estrechos lazos de amistad con varios de sus miembros. Sin embargo, este hecho, que puede parecer insignificante, es una prueba más de que la guerra por la libertad la estamos perdiendo.

En Galicia, se ha implantado, siguiendo los dictados totalitarios de S.M. Feijóo I, la exigencia de mostrar nuestros datos sanitarios ante cualquier camarero o propietario de establecimiento hostelero en el supuesto de que queramos acceder a su interior.

Una norma que conculca los más elementales derechos de privacidad personal, entre ellos la Ley de protección de datos con la que nos vuelven locos para cualquier pijada irrelevante y, sin embargo, en este caso se trasgrede de forma manifiesta y consciente.

Para más inri, en muchos casos ya no hace falta que nadie les pida tales datos ya que, son muchos y muchas -hay que se inclusivo-, los que corren a acreditar su condición de “sanos”, curiosamente, los mismos que otrora ponían en grito en el cielo cuando un policía les pedía, educadamente, que se identificasen.

Sin embargo, cabría preguntarse, por ejemplo, qué sucedería o cual sería la respuesta del hostelero de turno, muchos ellos defensores acérrimos de estas medidas, si a mi se me ocurriese, antes de entrar a uno de sus establecimientos, pedirle, por ejemplo, el certificado de desratización y desinsectación del local, el de manipulación de alimentos de cada uno de sus empleados o simplemente el mismo certificado que pretende pedirme a mi con relación a todos los miembros del elenco de trabajadores de su local. Seguro que pondrían el grito en el cielo y me diría que tal petición no está avalada por legalidad alguna.

Aquí, a lo que se ve, de nada sirve que nuestra libertad y nuestros derechos estén consagrados como norma fundamental de la Constitución ya que cualquiera se los puede saltar según convenga y, como hemos señalado en más ocasiones, siempre con la única finalidad de que el político de turno salve su culo.

Lo que está sucediendo de un tiempo a esta parte debería resultar para la mayoría inaudito, aunque aquí, en nuestra amada España, con un pueblo subyugado y acobardado ante el temor a este maldito chinovirus, todo parece normal.

Por una parte, el mundo científico, incluso el oficial, nos alerta de que el hecho de inocularse cualquiera de las vacunas que están en el mercado, no sirven por sí mismas para garantizarnos la inmunidad y que, de hecho, cualquier vacunado puede contagiar y ser contagiado, circunstancia esta fácilmente verificable, pese a que la medicina oficial se obstine en ocultarlo. Pues bien, ¿cómo es posible, entonces, que si un vacunado ha estado en contacto directo con un contagiado no tenga que guardar cuarentena? Parece absurdo, ¿no?, pues es así.

Igualmente, nos han dicho que aquellos a los que se les inoculó, en su día, un placebo, cuentan como vacunados a todos los efectos. Cuando menos deberíamos poner tal afirmación en cuarentena, sin embargo, la damos como buena.

Pero ya en el colmo del absurdo, aunque con una intención que no se nos debería de escapar, nos dicen que los veganos no necesitan vacunarse, ¿será que los que comemos carne somos más propensos a contraer el virus chino?

Tal vez, todo ello guarde relación con ese plan, perfectamente trazado por el globalismo totalitario, con siniestros tipos como Gates o Soros a la cabeza -estrechamente vinculados a varias de las empresas farmacéuticas-, de someternos a sus dictados para así convertirnos en un rebaño perfectamente manejable desde oscuras instancias en las que participan todos esos, especialmente los políticos, que lucen con orgullo ese roscón multicolor en las solapas de sus americanas.

Sin embargo, lo grave de todo esto es el sometimiento al que nos hemos dejado conducir. Lo henos dicho muchas veces, nadie levanta la voz, nadie protesta, dando cualquier medida por buena, con tal de poder vivir “el verano de nuestra vida”, como dice el anuncio de una cadena televisiva, “todos vacunados e inmunizados” y así poder ir a la “playita” y tomar una “cañita” en una “terracita”. Eso es, realmente, lo único que nos importa, aunque para lograrlo tengamos que sacrificar derechos y libertades.

Poco nos importan las medidas que se adoptan en otras latitudes que, generalmente, funcionan mejor que las adoptadas por nuestros políticos y que son, en una buena parte de los casos, menos restrictivas que las nuestras; aquí, bajamos la cabeza y nos sometemos sin el mínimo atisbo de protesta a lo que nos dicta esta colección de indocumentados que nos gobiernan, este malvado gobierno socialista-comunista que, en el colmo de la ignorancia más supina y perniciosa, desconoce que las estaciones cambian de acuerdo con el hecho de vivir en el hemisferio norte o en el sur y que, cuando en España es verano, en una buena parte de Brasil es invierno y, consecuentemente, puede nevar. ¡Eres una ignorante, tía!

La gran pregunta del millón es qué sucedería si en lugar de estar mandados por esta gentuza, lo estuviésemos por otros de diferente signo político.

Muy fácil, España estaría incendiada, la prensa apesebrada se encargaría de alentar cualquier tipo de movimiento y las bandas callejeras de antisistema provocarían graves incidentes en muchas de nuestras ciudades.

En resumen, que estamos perdiendo la guerra por nuestra libertad y eso puede traernos muy malas consecuencias a todos en un plazo breve de tiempo.

Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )