En la noche del 23 de febrero de 1981, un periodista sueco recibió una fotografía de agencia donde se veía al Teniente Coronel Tejero, con el tricornio enfundado en su testa y la pistola en la mano,  y al confundir el gorro del guardia civil con una montera de matador de taurino tituló: “Un torero asalta el parlamento español”

Esta vez el asalto al capitolio de los Estados Unidos de América ha tenido a su torero  particular en versión yanquianoche – hora española –  un  personaje  con la cara pintada y disfrazado con una piel de bisonte llego a sentarse en el escaño del presidente del Senado, dejando para el imaginario futuro de los Estados Unidos una escena  tan burda y chabacana como la que tuvimos nosotros  hace ya 38 años.

Todo golpe de estado  contra la democracia, por su propia definición es una ordinariez ética y estética que repugna a los ciudadanos honrados y excita a la chusma que más fácilmente se deja manipular por los discursos excluyentes y de odio,  que practican los políticos que no creen en las instituciones, porque quieren el poder para eliminar cualquier oposición.

Anoche mientras observaba las imágenes de los partidarios de Donald Trump asaltando el Capitolio me reafirmé en mi convicción de que la defensa de la libertad de un pueblo es una tarea común de todos los ciudadanos,  porque los liberticidas están en los dos extremos ideológicos de la sociedad, y los demócratas también.  

 Esto solo lo  pueden negar los sectarios más intolerantes, incapaces de verse reflejados en actitudes de exclusión de compatriotas que tienen una idea diferente  de cómo gobernar un país, pero que darían su vida por hacer que quienes piensan de forma distinta puedan seguir haciéndolo.

Jamás pensé que vería las imágenes de ayer en la cuna de la democracia liberal, pero hay una lección que todos debemos aprender.

Cuando el personaje elegido en las urnas para dirigir los destinos de un país  acredita , con sus acciones e  inacciones de gobierno, que es un peligro para la democracia, los votantes deben tomar nota, porque el poder que le damos a quienes es muy grande y adictivo, y algunos se resisten a abandonarlo cuando, como es el caso de Trump, han perdido las elecciones.

Todos necesitamos que los Estados Unidos vuelvan a ser una nación fiable y confiable,  porque las potencias alternativas como China y Rusia son dictaduras comunistas, aunque Vladimir Putin presuma de demócrata mientras encarcela, tortura o envenena a sus disidentes políticos.

Diego Armario