EUROLÁGRIMAS

En el Parlamento Europeo se quiso dar tono sentimental a la salida del Reino Unido de la UE y muchos eurodiputados, cogidos de la mano, cantaron una canción tradicional de despedida. La canción, de origen escocés, se conocía antes en España como «El vals de las velas» por una versión que se hizo en los años 40, con una letra vagamente conectada con la original.

Pero olvidada esa tradición propia, lo que circuló en las noticias fue su título escocés, «Auld Lang Syne», que nadie conocía aquí. Circularon ampliamente los sonidos e imágenes de la triste despedida, de la que dieron fe tuits como el del eurodiputado Esteban González Pons, vicepresidente del Grupo del Partido Popular Europeo, diciendo:

Yo estaba ahí. Y canté. Y lloré. Perder el Reino Unido es una derrota para quienes ambicionamos una Europa unida y en paz.

No es cosa de discutirle la emoción a González Pons. Ya es más cuestionable la escena que ofrecieron los diputados sensibles de la Eurocámara, escena que no fue, como parecería, del todo espontánea: los que cantaban leían la letra de la canción de unos folios previamente repartidos.

Pero de emoción en emoción, de sentimiento en sentimiento, de canción triste en canción triste puede que perdamos de vista la realidad política que ha dado lugar a esa salida británica que se lloraba. Y el caso es que, a pesar de que cogerse de la mano y cantar juntos no es necesariamente incompatible con la reflexión política, sí que parece, en todo este largo y proceloso asunto del Brexit, que lo segundo prácticamente no ha existido: no ha existido por parte de la Unión Europea.

Porque todo lo ocurrido se les ha cargado a los británicos, todo se ha considerado su responsabilidad. Como si su decisión no hubiera tenido nada que ver con el tipo de Unión Europea que se ha terminado construyendo.

Desde el referéndum que, de forma sorpresiva, ganó la opción de abandonar la Unión, la opinión política continental ha dado, en general, un solo diagnóstico sobre el asunto: los ingleses, por decirlo coloquialmente, se habían vuelto locos. Se atribuyó el Brexit al populismo, a las fake news, a las mentiras.

Millones de británicos se habrían dejado convencer por un cóctel bien mezclado de nacionalismo, aislacionismo y falsedades descomunales sobre la Unión. Y, sí, es cierto que esos ingredientes entraron en campaña, como entran en todas las campañas.

Pero también lo es que esa cortina de causas propiamente británicas tapó casi por completo las causas que radicaban en la propia Unión. Atribuir el Brexit a que los británicos se dejaran engañar ha permitido pasar de puntillas sobre la problemática transformación de la UE.

La conversión de la Unión en una especie de supra Estado, con competencias crecientes y rendición de cuentas insuficiente, es un factor capital para explicar la salida de los británicos. Y es, en todo caso, un proceso del que hay que ser consciente.

Para despejarse de la sentimentalidad de los eurodiputados cantando «El vals de las velas» conviene ver el último discurso que hizo en la Eurocámara el británico Daniel J. Hannan, hasta ahora vicepresidente del Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeas. Conviene como ejercicio de sobriedad. Se puede coincidir o no con su visión, que expuso en un par de minutos, pero habla de política.

De la política que analiza, no de la que se ahoga en baños de lágrimas. Y es curioso, pero la sentimentalidad, la que tanto se les ha reprochado a los británicos, también ha hecho su trabajo al otro lado del Canal: ha servido para evitar la mirada crítica hacia la UE.

El Brexit, en cierto modo, ha permitido que la Unión aparezca sin tacha, perfecta y pluscuamperfecta, por contraste con los defectos achacados a los que han querido abandonarla.

El trauma de la salida británica no nos ha incitado a preguntarnos en qué se ha convertido la Unión y si esa configuración –alejada ya del antiguo club de naciones– es deseable.

Al contrario, ha provocado autocomplacencia, lástima por los británicos y lágrimas en la despedida. Mal.

Cristina Losada ( Libertad Digital )