EUROPA, VENEZUELA Y LA COBARDÍA DE SÁNCHEZ

La Unión Europea dista mucho de ser perfecta. Le sobra burocracia, le falta agilidad, ha perdido buena parte del vigor económico y democrático que alumbró su nacimiento y, lo peor de todo, parece haberse dejado por el camino muchos de los principios del humanismo ilustrado que inspiraron a sus fundadores.

La UE necesita profundas reformas capaces de convertirla en el espacio compartido de libertad y progreso que puede llegar a ser, que debe llegar a ser y será, si impedimos que acabe imponiéndose la eurofobia populista y/o ultranacionalista que asoma las garras de norte a sur y de este a oeste del continente, con distintos rostros y pretextos.

La Unión Europea no es perfecta, pero desde luego es infinitamente mejor que la no existencia de una estructura supranacional bajo la cual ampararnos. ¿Alguien puede citar un mejor antídoto contra las enemistades históricas, los enfrentamientos entre vecinos, el totalitarismo, la pobreza y el aislamiento? La historia de la Europa anterior a la Unión abunda en guerras devastadoras que constituyen la mejor defensa de esta creación.

Hace menos de treinta años aún estaba en pie el Muro de la Vergüenza, al otro lado del cual millones de seres humanos vivían bajo el yugo del comunismo, ansiando poder integrarse en este club de privilegiados. Y nosotros mismos, los españoles de mi generación, hemos constatado en carne propia la diferencia sustancial existente entre ser o no ser considerados parte de la Europa unida.

Una diferencia mucho más honda que la inherente a la recepción de ingentes cantidades de dinero, con haber sido estos fondos decisivos para nuestro desarrollo. Nadie con un mínimo de conocimientos y honestidad intelectual puede renegar de los incontables beneficios tangibles e intangibles que se derivan para España de la pertenencia a la UE, salvo que, con tal de arañar algún voto, esté dispuesto a escupir al cielo.

Dicho lo cual, la Unión Europea está tardando demasiado en reconocer a Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela; cierto. Poner de acuerdo a 28 países para que den unánimemente un paso semejante no debe de resultar sencillo, especialmente cuando quien debería impulsar esa decisión rehúye ejercer la función a la que está llamado en virtud de la responsabilidad que pesa sobre su país.

Y esa persona no es otra que Pedro Sánchez Castejón, presidente del Gobierno español, cuya actuación en este trance decisivo constituye una muestra más de su incapacidad para honrar el cargo al que accedió mediante una moción de censura pactada con los discípulos de Chávez y Maduro.

No tiene la culpa de que su mentor en el PSOE fuese precisamente José Luis Rodríguez Zapatero, máximo valedor internacional del dictador caribeño, cuya conducta servil y cómplice constituye un motivo de oprobio para nuestra nación.

No tiene la culpa de que ni siquiera se haya atrevido a mostrar públicamente su respaldo al valiente Guaidó, como sí han hecho los máximos dirigentes de Francia o el Reino Unido, además de los presidentes del Parlamento y el Consejo europeos, Tajani y Tusk. Esa cobardía solo es imputable a Pedro Sánchez.

Isabel San Sebastián ( ABC )