EUROVISIÓN

No tengo pruebas, pero sí memoria. Días atrás leí una extensa entrevista a Massiel, en la que recordaba su triunfo en Eurovisión. Massiel es inteligente y viva, pero creo que le falta un dato fundamental para entender la victoria de aquel «La, la,la» de tan profundo mensaje poético, y que Serrat se empeñó en cantar en catalán. El 80% del tiempo que dura la interpretación de la inmortal balada lo ocupa el estribillo. Según he podido averiguar gracias a la amabilidad de mis amigos de «Omnium Cultural», «la, la, la» en catalán se dice y pronuncia igual que en español, es decir, «la,la,la». Aquel cambio de Massiel por Serrat no está todavía explicado. Y menos aún, la victoria de la canción que representaba a España.

No está explicado aunque tenga una sencilla explicación. Era Director General de TVE Juan José Rosón, aquel gallego inteligente y cauto, que fue ministro del Interior con Adolfo Suárez. Cuando aún estaba prohibido el juego en España, el ministro Rosón organizaba en el ministerio del Interior sus timbas de póker. Jaime Campmany y Gustavo Pérez-Puig eran asiduos comparecientes, además de grandes amigos de Rosón. Y fue Jaime el que un día me invitó a comer a Horcher con Juan José Rosón y Antonio Mingote. Y Rosón lo soltó.

El Director General de TVE fue llamado por el ministro de Información y Turismo. El mensaje no admitía dudas. «Como sea, España tiene que ganar este año el Festival de la Eurovisión. Disponga de lo que sea necesario». Y Rosón, con aquella tranquilidad y cautela que le caracterizaba buscó y encontró los caminos de la debilidad en diferentes jurados europeos. El Reino Unido competía con Cliff Richard, pero Rosón hizo bien su trabajo y España, Massiel y el «La,la,la» conquistaron el premio eurovisivo. En resumen, y para ponernos en Kenya. Funcionó el soborno y España obtuvo un galardón internacional. En aquellos tiempos, el Festival de Eurovisión era mucho más atractivo que el de la actualidad, monumental payasada. Lo seguían centenares de millones de personas en directo.

En TVE llevan años equivocándose con la canción que nos representa –a mí, personalmente, no me representa ninguna–, y los intérpretes encargados de cacarearla. Ha perdido interés hasta la votación, que el difunto José Luis Uribarri dominaba como nadie. –Italia nos vota–. Y se oía: «L´Espagne, deux points, Spain, two points». Y se pasaba muy bien.

Este año han elegido a una pareja rara. Ella es Amaia y él, Alfred, que ya ha metido el remo en diferentes ocasiones. Alfred es independentista, y su último detalle con la nación que va a representar lo tuvo el día de San Jorge, Jordi en catalán, patrón de Inglaterra y de Cataluña simultáneamente. Ese día, y es una hermosa tradición, las mujeres regalan a los hombres una rosa y los hombres a las mujeres un libro. Y el libro que regaló Alfred a su novia y cuyo autor es un tal Albert Pla, se titula «España de Mierda». No puede considerarse oportuno ni inteligente. Y se ha armado la gorda.

No entiendo la importancia que se ha concedido a semejante imbecilidad. El Festival de Eurovisión, el fetén, era el de antaño. Aquella Gigliola Cinquetti que no tenía edad para amar a nadie –vaya si la tenía–, aquella France Galle, aquel Julio Iglesias con su cristalina «Gwendoline», y sobre todo, aquellas votaciones en las que se apreciaba el nivel de las relaciones internacionales. España y Portugal siempre mantuvieron la fraternidad ibérica. Hasta que Rosón, por órdenes provenientes de las máximas alturas, sin necesidad de cantar, ni ensayar, ni ponerse una minifalda, ganó para España el festival por excelencia con la mozartiana canción «La, la, la». –Disponga de lo que sea necesario–. Y dispuso.

Alfonso Ussía ( La Razón )