Hay por lo menos tres puntos de vista bien definidos sobre esta cuestión. Los pluralistas rechazan la idea de que haya algún grupo cohesionado que controle la vida de las sociedades y de las naciones. Siguiendo a Merton consideran el poder como polimórfico, literalmente, que tiene muchas formas, en el que «diferentes personas ejercen los poderes de tomas de decisiones para cada problema particular».

Así, una variedad de grupos diferentes compite por el poder y participa de él. Ninguno de estos grupos gana siempre, y las principales decisiones sociales son el resultado de influencias comprometidas que compiten y de la fuerza de las circunstancias.

Las otras dos escuelas de pensamiento consideran que la toma de decisiones sociales nacionales está dominada por grupos cohesionados cuasi-conspiradores, pero difieren con respecto a cuáles sean tales grupos. Los derechistas creen que la elite del poder consta de intelectuales radicales que se infiltran en los gobiernos en las escuelas y en los medios de comunicación.

Mediante el control que ejercen en la prensa, radio y televisión, determinan la información que llega a la gente. De igual manera, mediante la ocupación de puestos clave en los gobiernos toman las decisiones que traicionan el individualismo y las soberanías nacionales en favor del internacionalismo izquierdista.

Ellos son los responsables de los pagos siempre crecientes por concepto como la asistencia social y de las decisiones de los tribunales que incrementan los derechos de criminales contra la integridad de las naciones y del orden.

En los últimos años el término «nueva clase», que el escritor yugoslavo Djilas dio a los burócratas comunistas, ha sido aplicado a los periodistas, comentaristas de la televisión y a algunos educadores por los críticos conservadores.

El membrete de nueva clase se basa en la creencia de que quienes están en los medios de comunicación tienden a compartir un modelo de vida, intereses económicos y un punto de vista semejante. Se dice que este punto de vista desdeña los valores tradicionales, como la creencia en la familia, el nacionalismo y la libre empresa.

Algunos críticos izquierdistas están igualmente seguros de que un núcleo de académicos de alto nivel de los Ejércitos nacionales, funcionarios gubernamentales y ejecutivos de las mayores corporaciones dominan la sociedad. Son ellos quienes mantienen una distribución desigual del ingreso e intencionalmente conservan la pobreza con el fin de proteger sus privilegios; son ellos quienes mantienen las guerras o al borde de ellas para aprovechar el «complejo militar-industrial.

Un estudio reciente comparaba a la «elite empresarial», una muestra de ejecutivos de las grandes multinacionales, con la «elite de los medios», una muestra de los periodistas y comentaristas de noticias de televisión más importantes en Estados Unidos. Este estudio concluía que «cada grupo clasifica al otro como el más influyente; más aún, cada uno trata de reducir sustancialmente el poder del otro y tomar un lugar como el grupo de mayor influencia».

Casi toda acción gubernamental sería denunciada por alguien como un acto de conspiración elitista. Esta elite que conspira, izquierdista o derechista, según el que opine, es tan astuta y engañosa que algunas veces acepta una medida que parece ir contra sus propios intereses.

Así, de acuerdo con los izquierdistas, el sistema de asistencia social es sostenido por el rico como un instrumento para «reglamentar a los pobres» y preservar el sistema capitalista en Estados Unidos. Cualquier acto del gobierno puede ser interpretado por los izquierdistas o derechistas para demostrar que el mundo está bajo el dominio de una elite de poder.

¿Pueden reconciliarse la elite del poder y las ideas pluralistas del poder? Primero, aunque haya pocas «conspiraciones», si es que hay alguna y aunque la mayor parte de las maniobras importantes se llevan a cabo a la luz del día, hay acción de grupo.

Los ciudadanos que tienen intereses comunes se reúnen, conversan y planean estrategias. Algunas veces logran los cambios que desean. Con mayor frecuencia encuentran oposición y deben llegar a ciertos compromisos. Segundo, algunas personas son expertas en la administración de organizaciones o en la creación de una imagen pública. Hayan nacido pobres o ricas, esas personas pronto son opulentas.

Tienden a reunirse con personas como ellas en una asociación formal o informal y con frecuencia llegan a pensar de forma muy parecida. Finalmente, aunque muchas personas se pasan la vida en una misma ocupación, existe movimiento de personal entre las instituciones.

Esto no es tan marcado en los poderes del Estado español, puesto que muchos funcionarios no han hecho antes carreras en la industria, la educación, el Ejército o cualquiera otro sector productivo.

Un estudioso como Whitt, rechaza la discusión acerca del pluralismo o elitismo como poco importante, puesto que ambos puntos de vista son parcialmente verdaderos, aunque inadecuados. Él propone un modelo dialéctico de clases donde el estado suele servir a los intereses de la clase dominante, pero ésta algunas veces se halla desunida interiormente y puede ser puesta a prueba por los intereses de una clase organizada rival.

La cuestión de quién maneja realmente los gobiernos no tiene una respuesta sencilla pero lo que está claro es que estos se apoyan en distintos grupos sociales según sean derechistas o izquierdistas.

Tte. Coronel Area Sacristán ( El Correo de España )