¿ EXPERTOS ? ¿ QUÉ EXPERTOS ?

Hay una razón por la que Fernando Simón, Salvador Illa y Pedro Sánchez se empeñan en ocultar ilegalmente la identidad de quienes gestionan la desescalada. Y me temo que es muy simple: no hay tales expertos.

No busquen enchufes ni contratos a dedo. Los once ilustres que se encargan de decidir qué parámetros son seguros para ir ganando normalidad no son más que funcionarios del ministerio y no se han enfrentado en su vida a una pandemia.

Pero este Gobierno que tanto juega al despiste semántico -«curva» en lugar de «fallecimientos», «escudo social» en vez de «ruina»- ha ascendido a estos técnicos al nivel de expertos para la reconducción hacia una nueva normalidad que nunca antes se ha aplicado y que nadie sabe bien en qué consiste.

Son once trabajadores del ministerio que en su vida han estado expuestos al escrutinio público y que ahora, más que nunca, quieren evitarlo. Pero el cumplimiento de la ley no es una cuestión voluntaria.

Si alguien con responsabilidad pública no es capaz de asumir las exigencias que ésta conlleva, lo que debe hacer es renunciar a ella en lugar de pretender un statu quo privilegiado. Quizás así, Simón se vería obligado a esforzarse un poco más y buscar a verdaderos expertos. Como si no hubiera españoles con brillantes carreras en el ámbito de la epidemiología tanto en nuestro país como en el extranjero.

Aunque, pensándolo bien, es posible que esta tarea sea mucho pedir para el director del Centro de Coordinación de Alertas. Un doctor que, a pesar de su brillante experiencia, no fue capaz de elaborar un protocolo frente a pandemias en los casi ocho años que llevaba en el cargo antes de que estallara la actual emergencia.

Y no es que no hubiera habido avisos. En lo que va de siglo, la Covid-19 es la cuarta enfermedad causada por un virus de origen animal que muta y pasa a infectar a humanos, tras el síndrome respiratorio agudo, las gripes aviar y porcina.

Pero cuando llegó la pandemia, lo único que Simón tenía en la cabeza eran las palabras «contención» y «mitigación» seguidas de la nada más absoluta. Ni había previsto cuáles debían ser los indicadores relevantes, ni las operativas que tenían que aplicarse en cada fase.

Por no tener, no tenía ni un esbozo cutre, ni un plan plagiado a otros centros de control de enfermedades como el alemán. Algo que se le ocurre a cualquier guionista de cine no se le había pasado por la cabeza a Simón, que lo único que ha hecho durante todo este tiempo es improvisar.

En la ocultación ilegal de quienes nos desconfinan sucede, además, que llueve sobre mojado porque la opacidad está siendo la tónica general de la gestión que está realizando el Gobierno. A día de hoy seguimos sin conocer la composición del grupo interministerial creado para las adquisiciones de material frente a la Covid-19.

Las actas de las reuniones y los dictámenes de este opaco grupo también siguen bajo llave, al igual que los contratos de material sanitario firmados por el embajador de España en China. Cualquier día nos encontramos con que el Gobierno incluye todo ello en el ámbito de la información «clasificada» para no tener que dar explicaciones nunca, como hizo La Moncloa con quienes viajaron con Pedro Sánchez en el Falcon para ver un concierto de rock.

Por mucho que el Gobierno se empeñe en disfrazarlo, como hace con todo, hay algo que se está quedando atrás en esta crisis: el respeto a los derechos de los ciudadanos.

Ana I. Sánchez ( ABC )