Es un sueño imposible pero otro gallo nos cantaría si en la política se penalizase el juego sucio como se hace en el deporte – especialmente en algunos –  donde existen unas reglas y unos árbitros que las interpretan y no permiten trampas, apaños,  chalaneos o acuerdos por debajo de la mesa.

En el territorio de la política las reglas son demasiado flexibles porque los que las interpretan unas veces son los propios afectados por ellas, que barren para casa, o instancias judiciales que pueden leer en un sentido o en el contrario lo que dice la ley, con lo que se abre el camino a la perversión de las garantías que teóricamente nos ofrece el derecho.

Ayer Novak Djokovic, número uno del mundo en el circuito internacional de tenis fue descalificado  en el torneo de Nueva York por haber lanzado, sin intención de agredirla, una bola contra la zona de los jueces del torneo que impacto en la garganta de una de ellos. El director del torneo escuchó los argumentos del serbio pero mantuvieron su decisión convencido de que haber hecho lo contrario había rebajado el prestigio de ese deporte profesional considerado uno de los más estrictos en las exigencias con el comportamiento de quienes lo practican.

Ser el número uno no significa ser el mejor, y esa regla se aplica en  todos los ámbitos de la vida ya sea la literatura, el deporte o la política por citar tres áreas muy competitivas en las que hay valores que se supeditan al logro del objetivo que sus protagonistas persiguen, sin importarles haber manchado o hecho jirones su propia dignidad.

Novak Djokovic se interesó por el estado de salud de la jueza del torneo a la que había golpeado y volvió a pedir perdón, algo inimaginable en  los ámbitos de la política nacional española, donde la falta de respeto a los rivales y a los propios votantes alcanza cotas cercanas a la prostitución ideológica.

En el deporte de élite están los mejores y aunque existen excepciones sus profesionales, buscan la excelencia y aceptan el fallo que en cada caso imponen los jueces  de acuerdo con las reglas establecidas. En cambio en la política española  – hablo de nuestro país por no  incurrir en el vicio de la generalización –  hay demasiados mediocres porque se ha refugiado en ella y sus instituciones lo peor de cada casa debido a que es el  único sitio donde no serán expulsados por incompetentes.

Son tramposos, mienten y no piden perdón. Se aprovechan de los recursos del Estado mientras cientos de miles de ciudadanos sufren penurias. Ya no existe el gobierno de los mejores, ni siquiera como concepto político, porque la frase que sirve como engaño es afirmar que gobiernan para el pueblo… aunque sin el pueblo. En política no existe el fair play porque practican el juego sucio.

Diego Armario