FAMA

Antaño en los pueblos se heredaban apodos que a veces formaba parte de una condición genética familiar porque en muchos casos tenían que ver con una napia desmesurada, una testa tamaño king size o cualquier otra exageración física con la que la madre naturaleza había dotado a una saga.

También servía para ponerle un mote a alguien alguna otra carcateristica de la conducta de un antepasado aunque no fuese hereditaria como por ejemplo le sucedió a una joven a la que llamaban “la hija de la tacones” porque su señora madre trabajaba de peripatética y así se ganaba la vida.

Al abuelo de mi mujer, que fue profesor de escuela y alcalde de Fiñana, le conocían por “el sabillo” ya que nunca se callaba cuando había que dar una respuesta a cualquier cuestión, y al padre de mi padre, personaje singularal que estoy convirtiendo en uno de los protagonistas de mi última novela que aborda el tema de la masonería en Marruecos durante el primer cuarto del siglo XX, no se le conoció por ningún apodo, salvo el de Peña que era el segundo apellido que utilizó como alter ego.

Y como hasta los mafiosos tienen sus alias solo nos falta encontrar uno especifico para sus colegas de la política que cobran o dilapidan el dinero público y siguen llamándose señorías por alguna razón que nadie nos ha explicado de forma convincente.

La fama durante años fue el resultado de unos méritos o deméritos esforzados a lo largo incluso de generaciones pero hoy resulta sorprendentemente fácil convertirse en un tonto esférico, un mediocre con balcones a la calle, o en un imbécil cum laude con solo conseguir unos seguidores que se identifiquen con esas virtudes exhihidas por unos personajes que no superarían un test de admisión en ninguna empresa en la que exigiesen una mínima capacidad de autocrítica o de raciocinio.

Hoy en dja basta con poner una frase de no más de cinco o seis palabras sobre un fondo de color en la que se insulte a alguien para que el autor de ese pensamiento y su breve ganado de seguidores den por bien aprovechando el día.

Reconozco que las redes sociales son un espacio democrático en el que caben todos los pensamientos sólidos, líquidos y gaseosos, y tienen el valor terapéutico de permitir que el filósofo y el porquero actúen en el mismo escenario.

Algunos no han descubierto que la fama es efímera y mientras sitúa a algunos en el escenario de la credibilidad y el prestigio a otros los abandona en el páramo de su mala digestion e ignorancia, en unos momentos en los que la discreción cotiza a la baja y el retrato de la estupidez ocupa el escenario del impudor.

Diego Aarmario