FAMILIAS ROTAS POR EL SOBERANISMO

LO MÁS dramático que ha ocurrido en Cataluña desde que el nacionalismo derivó de forma delirante hacia el independentismo ha sido, sin lugar a dudas, el impacto que ha tenido sobre el tejido social. Uno de los rasgos más positivos de la democracia representativa como forma de gobierno es el desplazamiento de la disputa política al Parlamento, un espacio cerrado con reglas estrictas en el que el sentimentalismo cede paso a la racionalidad como forma de resolver las diferencias. De esta manera, el ciudadano puede desentenderse de lo político, una de las principales fuentes de conflicto de las sociedades humanas.

La irresponsable ambición de los movimientos populistas, y consiguientemente del nacionalismo, una de sus variantes más perniciosas, de destruir los muros del Congreso para que sean los ciudadanos, convertidos inevitablemente en masa, los que resuelvan las luchas de intereses tiene nefastas consecuencias cómo nos ha enseñado la Historia. Cuando la pasión política se desata no es fácil contenerla y los lazos familiares y sociales comienzan a resquebrajarse. Los ejemplos que publicamos hoy en el suplemento Crónica son sólo una muestra, aparentemente inocente, del poder destructivo que encierran las ideologías políticas llevadas al extremo.

Una vez contenido el golpe institucional diseñado desde la Generalitat, debe ser prioritario recomponer socialmente Cataluña, mediante la sustitución de las políticas del odio por las de la reconciliación.

El Mundo