FAROLILLO ROJO

Cabía la posibilidad, generada no tanto por el análisis de los observadores cuanto por el pensamiento volitivo de los perdedores, de que la convocatoria electoral del próximo domingo remediase un poco las fatídicas consecuencias del desaguisado que salió de las urnas el 28 de abril.

Parece ser, si la terrorífica encuesta de Sigma Dos publicada por este periódico da en el clavo, que no será así. Y si, en efecto, no lo es, hay motivos más que suficientes para llevarse las manos a la cabeza y tomar las medidas cautelares que cada uno juzgue oportunas.

Yo, por ejemplo, me dispongo a donar a mi hijo menor, que aún no tiene siete años, el apartamento en el que discurre nuestra vida familiar antes de que el previsible rescate del impuesto de sucesiones le prive el día de mañana, tras mi muerte, de un airbag económico que le permita capear sus años mozos hasta que pueda ganarse la vida como hombre de provecho.

Ya he consultado al notario. Sugiero al resto de los madrileños, y a los vecinos de la mayor parte de España, que imiten mi ejemplo y voten esta vez no atendiendo a sus simpatías, empatías o antipatías, sino en estricta defensa propia. No es cuestión de ideología, sino de información e instinto de conservación.

Cualquier persona de mediana cultura, visto lo visto, sabe o debería saber que el advenimiento de la izquierda al gobierno de un continente, un país, un municipio o una comarca, y más aún si es de la variedad ultra, genera de modo automático círculos encadenados de implacable entropía: pobreza, paro, confiscación de salarios y patrimonios (¡pero si van a tributar hasta los regalos de boda!

¡Menos mal que los recibidos en mis matrimonios ya prescribieron!), intromisión en las vidas privadas, estado policial, sermones morales, control de cuerpos y de conciencias, inquisición, corrección política impuesta a martillazos, consignas estéticas y culturales, fusión de poderes, garantismo judicial que ampare la delincuencia y castigue la honradez, despotismo a gogó y oclocracia a discreción. No tenemos arreglo.

El problema de España no es la pavorosa mediocridad y sectarismo de sus políticos, sino la incultura y ombliguismo de los gobernados. La izquierda ha desaparecido en el resto del mundo o ha derivado a regímenes abiertamente totalitarios, pero nosotros, firme el ademán, seguimos donde siempre: en el furgón de cola y con el farolillo rojo balanceándose.

¡Venga, compatriotas! ¡A votar! ¡Beee!

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )