CAZADORES Y TOREROS

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CAZADORES Y TOREROS

Los toreros, como los buenos cazadores (muy distintos de los coleccionistas de trofeos y de récords de perdices de granja), no pueden ir al zoo. Los que han ido me lo han contado. Les desagrada ver a los animales encerrados, lejos de su hábitat, lejos de la vida y a los niños molestando al tigre de Bengala. Hace unos años, un amigo nos regaló un rayón (cría de jabalí) de pocos días que se había encontrado en una montería. No se le ocurrió matarlo. Pese a lo que crean los sectarios, los cazadores no entienden la muerte por la muerte. Le pusimos Gorri y estuvo viviendo en casa unos dos años. ¿Cómo era? Se comía los huevos de las gallinas y se metía en la cama de mi madre.

Cuando se quedaba solo, Gorri tenía la muy humana costumbre de irse al bar del pueblo. A alguno le costaba discernir si lo que veía en la puerta era un jabalí de verdad o el producto de 20 cañas. Un día Gorri le pegó un buen revolcón a una niña vestida de primera comunión. Los animales, que no lo olviden los humanos, son animales, así que lo tuvimos que soltar en la finca de un vecino.

Los cazadores han convocado una manifestación el 30 de julio en Madrid para protestar por los ataques que sufren por parte de los animalistas. No sé muy bien qué son los animalistas, pero el sufijo, como en nacionalista, remite a sentimientos poco racionales.

El lunes, el animalismo se apuntó otro tanto con la creación de las corridas a la balear, sin sangre ni muerte -ni tampoco alcohol, aunque esto carece de importancia- y con controles antidoping. Eso sí, en las granjas, las vacas seguirán muriendo con los ojos en blanco y ese mugido sordo que les deja la lengua dura. Pero nadie quiere verlo y por lo tanto, prohibirlo. Los ataques a la caza -siempre que sea ética (las máximas de Ortega y Gasset)- y a la sangre de los toros son ataques a la vida, porque la muerte, mientras no lo remedie la ciencia (y más aún si lo remedia) es parte de la vida. No sé si el artículo me ha quedado cursi.

El Mundo

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