A FAVOR DE LA PRISIÓN PERMANENTE REVISABLE

El pasado 29 de junio se publicó en estas páginas la tribuna de opinión titulada Contra la prisión permanente revisable, firmada por el catedrático de Derecho Penal el señor Enrique Gimbernat. El también miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO exponía en un extenso artículo las razones por las que se oponía a esta pena, que a pesar de estar vigente en nuestro Código Penal desde hace tan solo dos años, su derogación es actualmente objeto de tramitación parlamentaria.

En su artículo, el señor Gimbernat se refirió a la presión ejercida en este debate por los familiares de algunas víctimas de horribles crímenes, en alusión a la campaña impulsada por varios familiares, entre los que me encuentro, tras la violación y posterior asesinato de mi hija Diana Quer. La campaña que iniciamos a través de la plataforma Change.org en contra de dicha derogación en apenas cinco meses ha recogido más de tres millones de firmas en toda España.

Consideraba que nosotros, los familiares de las víctimas, no deberíamos entrar en el debate pues no somos neutrales. Y yo me pregunto: ¿es razonable que se niegue a los familiares de víctimas voz en un debate que les afecta directamente, sin olvidar que de forma involuntaria y trágica? En su opinión, ¿tampoco son neutrales los más de tres millones de personas que, sin adscripción partidista o ideológica determinada, apoyan esta iniciativa ciudadana? ¿O es que solo pueden opinar entonces los jueces y fiscales que, por cierto, se agrupan en torno a asociaciones claramente identificadas por su orientación ideológica y que, según dicha orientación, se posicionan en debates sobre penas que, supuestamente, deberían ser técnicos y no ideológicos? ¿Acaso son neutrales los partidos políticos que apoyan la derogación de esta ley?

¿Representan fielmente estas asociaciones o partidos políticos el sentir ciudadano? Es bueno a este respecto recordar que en las últimas encuestas publicadas siete de cada diez ciudadanos españoles están en contra de la derogación de la pena de prisión permanente revisable en nuestro país.

Resulta imposible, por cuestiones de espacio, intentar rebatir aquí las diversas razones que expone el señor Gimbernat para sustentar su posición, pero sí me gustaría al menos ir al centro de la cuestión, de nuevo en forma de pregunta: ¿estamos o no de acuerdo en que un criminal que comete brutales y horribles crímenes contra los seres más vulnerables de nuestra sociedad -asesinatos de niños y niñas o personas con discapacidad, por ejemplo – debe ser puesto en libertad solo tras cumplir una condena a la altura del delito cometido y solo cuando se haya certificado de forma objetiva y rigurosa que no supone un peligro para la sociedad? Si estamos de acuerdo en eso, estaremos de acuerdo en la necesidad de que la pena de prisión permanente revisable se mantenga en nuestro Código Penal, pues es este su fin medular. Y es por esta misma razón por la que todos los países europeos, excepto Portugal, Croacia y Serbia, cuentan con este tipo de pena en su ordenamiento jurídico.

Una pena, por cierto, extraordinaria y reservada para los crímenes más crueles y para aquellos criminales con altas probabilidades de reincidencia. Es preciso recordar que en sus dos años de vigencia solo hay un condenado a esta pena: el conocido como “parricida de Moaña”, que confesó asesinar a sus dos hijos de cuatro y nueve años de edad con una sierra radial.

Por otro lado, negar el carácter preventivo de esta norma es negar la evidencia, pues si bien quizás no pueda evitar la primera muerte, sí podrá evitar la segunda, o la tercera… al impedir que salgan a la calle criminales cuya rehabilitación efectiva no haya sido totalmente acreditada de forma objetiva por diversos expertos y especialistas.

Porque en la actualidad, si un violador reincidente es condenado a penas de, pongamos por ejemplo 16, 18 o 22 años, las podrá cumplir de forma íntegra, pero al llegar el último día de su condena podrá salir a la calle, incluso aunque a lo largo de todo ese tiempo no haya querido tomar ningún curso para su rehabilitación de los que se le ofrecerán. Es por ello por lo que, igual que estoy en contra de la cadena perpetua, tampoco creo que la solución pase por el cumplimiento íntegro de las penas (que con nuestro Código Penal pueden llegar hasta los 40 años).

No, yo tampoco busco que nadie se “pudra en la cárcel”, en palabras del señor Gimbernat al hacerse eco de cierto clamor popular que, en efecto, existe. Yo quiero que quien salga de la cárcel lo haga cuando esté preparado para hacerlo sin suponer ningún riesgo para la sociedad. Yo busco justicia, no venganza.

Y sí, habla el señor Gimbernat de la necesidad de mejorar nuestro sistema penal y penitenciario apostando por mayores medidas de seguridad. No puedo estar más de acuerdo, pero esto no es incompatible con mantener la prisión permanente revisable, que por cierto ha sido avalada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Asimismo, el autor defiende los derechos fundamentales de cualquier condenado, por cruel que haya sido su crimen. Y estoy totalmente a favor, por supuesto. Pero, ¿dónde quedan los derechos de las víctimas y de sus familiares?

Por último, el articulista hace referencia a numerosas estadísticas y comparativas sobre tasas de criminalidad, en España y en Europa, pero sería bueno no olvidar que ni Diana ni las miles de víctimas inocentes pueden ser reducidos a meros datos estadísticos. Si podemos evitar una sola muerte, todo el esfuerzo habrá valido la pena. Diana era una joven de tan solo 18 años, con toda la vida por delante, a la que un depredador sexual reincidente, como se acreditará en el procedimiento, violó y posteriormente asesinó, ocultando su cuerpo en un pozo durante 500 días para quedar impune.

Pudo haber sido cualquier otra joven, y por ello mi lucha es para que en la medida de lo posible nuestra sociedad proteja a nuestros hijos y nuestras hijas de un modo más efectivo. Para evitar nuevas víctimas inocentes. Ese es mi derecho, y también mi obligación como ciudadano y como padre.

Juan Carlos Quer es padre de Diana Quer. ( El Mundo )