FELIPE GONZÁLEZ 2018

A Felipe González tenemos que agradecerle bastantes cosas los españoles, las principales: convirtió el PSOE de partido de extrema izquierda (se sublevó contra la II República), en una socialdemocracia y mostró que la izquierda podía ser tan corrupta como la derecha, que no se sabía al no haber gobernado. Apartado de la política, aunque atento a ella, ha concedido una entrevista a la directora de El País, donde tal vez lo más significativo sea que no se cita a Pedro Sánchez ni al PSOE, no sabemos si por voluntad suya o de la entrevistadora.

Muestra, en cambio, su preocupación por la situación actual, que comparto, aunque difiero en alguno de sus planteamientos. El primero, que atribuye el bache europeo a «no haber buscado un esqueleto que defina la vocación europeísta», cuando pienso que el mayor error fue no haber montado desde el principio una hacienda común, base de la nación moderna.

Sin duda, era difícil armonizar la fiscalidad de los Estados miembros, pero podía haberse hecho por etapas, empezando por establecer un impuesto europeo y otro nacional, como son el nacional y el autonómico, para ir luego armonizándolos. Siendo entonces pocos y homogéneos, hubiese sido mucho más fácil y menos doloroso.

Estoy de acuerdo en que «es imposible responder al fenómeno migratorio de manera parcial». Pero la «política común» que propone tampoco lo resuelve. Este en un problema mundial originado por la descolonización masiva en los años sesenta del pasado siglo, en que se convirtieron de golpe las antiguas colonias en naciones y Estados, no siendo una cosa ni otra.

Debió obligarse a las potencias coloniales a permanecer en ellas hasta crear administraciones y gobiernos capaces. Aún hoy, el problema está allí, no aquí. Por último, difiero en su diagnóstico del Brexit. Los ingleses (escoceses y galeses son otra cosa) no debieron entrar en la UE. Nunca la quisieron y si ingresaron fue para boicotearla desde dentro.

Al ver que la unión iba en serio, salieron, aunque intentan retener las ventajas y evitar los inconvenientes. Sólo respetan la firmeza y espero que los negociadores europeos la apliquen con ellos. En otro caso, tendremos problemas para rato.

Estoy, en cambio, totalmente de acuerdo con que «los ciudadanos deben decidir si quieren destinar parte de sus ingresos a un nuevo pacto social». De hecho, es el único pacto social: quienes tienen más deben compartirlo con los que tienen menos.

Pero FG habla de un pacto nuevo, como si el anterior ya no sirviera, sin decirnos cuál es ni citar el individualismo reinante que antepone el «yo» a todo, ni el regreso al nacionalismo excluyente que choca con la globalización en marcha. Hay, sin duda, que reinventar la democracia.

Una democracia que no sólo reparta la riqueza (izquierda), sino que también la cree (derecha). Tras desacreditar el mercado, «que convierte al ser humano en mercancía brutal» (cuando es, el mayor generador de riqueza), FG advierte que «no se trata de improvisar una respuesta fiscal» (¿es una indirecta al presupuesto Sánchez-Iglesias o una forma de escurrir el bulto? Total: que nos quedamos como estábamos.

José María Carrascal ( ABC )