FEMINISMO DE SECTA

No se alcanza la igualdad desde la discriminación; es una contradicción «in terminis». Tampoco son buenos puntos de partida el miedo, la desconfianza y la sensación de superioridad o inferioridad. La perspectiva de género se empeña en destruir la evidencia de que cada persona, independientemente de su sexo, es única en su complejidad, soberana e irrepetible.

De ahí que resulte insultante ese feminismo de secta empeñado en meternos a todas en un mismo saco, atribuirnos una ideología consustancial a nuestra condición femenina y convertirnos en marionetas al servicio de una causa perfectamente definida: la de la izquierda que se autodenomina «progresista» cuando los hechos demuestran que solo sus dirigentes progresan bajo su gobierno. Conmigo que no cuenten. Me niego rotundamente a dejarme utilizar.

Yo ejercía de feminista, en el sentido literal de la palabra, cuando Irene Montero no era ni un proyecto en la mente de sus padres. Escogí un oficio eminentemente masculino entonces, en una especialidad, el periodismo político de prensa diaria, en el que esa prevalencia se traducía en condiciones laborales prácticamente incompatibles con la conciliación familiar.

A diferencia de la lideresa podemita, crié a mis hijos con dos meses escasos de baja y nulas ayudas a la maternidad. Mi generación trabajó muy duro para conseguir los derechos que ella ha disfrutado, exigir oportunidades, demostrar capacidad y desmontar incontables prejuicios arraigados en la sociedad, después de que la anterior hubiera logrado, con la participación activa de muchos hombres, derribar los obstáculos legales que impedían a las mujeres ser dueñas de su destino en España.

Guárdense por tanto sus lecciones Adriana Lastra, Carmen Calvo, Teresa Rodríguez y demás sacerdotisas de la nueva religión que nos trata como a seres desvalidos, necesitados de tutela y ventajas. Basta ya de usurpar la representación de un colectivo que engloba a la mitad de la humanidad. Yo no comulgo con sus dictados ni acepto sus dogmas. No se atrevan a hablar en mi nombre. No me incluyan en su lista.

La palabra de un varón no puede valer más que la de una mujer, ni tampoco menos, como ocurre en las denuncias por violencia de género. Esa presunción contraviene un principio esencial de la democracia y en nada contribuye a combatir ese delito. A las mujeres no «nos» matan ni «nos» violan por ser mujeres, tal como postula el discurso oficial de esas gurús, entre otras razones porque la inmensa mayoría los hombres no va por ahí violando o matando a nadie.

Algunas mujeres, afortunadamente muy pocas en nuestro país si lo comparamos con otros vecinos, son víctimas de esos crímenes, porque algunos hombres, los menos, son criminales cuyo lugar está o debería estar en la cárcel, de por vida en el caso de los multirreincidentes. De por vida, sí, digan lo que digan las mismas voces biempensantes que se atribuyen en exclusiva la defensa de esas víctimas. Condición femenina y anticapitalismo o socialismo son conceptos que nada tienen que ver entre sí.

Magnitudes de ámbitos distintos. Las mujeres no tenemos un derecho sacrosanto al aborto, porque en el acto de abortar hay dos vidas implicadas y dos derechos contrapuestos: los de la madre y los del hijo, por no mencionar los del padre, paradójicamente librado de cualquier responsabilidad.

Ignorar esta realidad es falaz y deshonesto. Identificar feminismo y aborto, como dos caras de una misma moneda, denota, una vez más, una falta de respeto absoluta a los valores y creencias de millones de mujeres tan consagradas como la que más a la lucha por conseguir la plena y total igualdad. Cada mujer es un mundo. No dejemos que nos conviertan en peones de sus políticas.

Isabel San Sebastián ( ABC )

viñeta de Linda Galmor