A Fernando Simón le debemos, como locutor del serial producido y guionizado por el Gobierno, el proceso de desdramatización de la pandemia. Nada hubiera sido igual con la verdad por delante, el rigor reflejado en el rostro, el miedo metido en el cuerpo y el temblor en las manos.

Como máximo responsable de Alertas y Emergencias Sanitarias, Simón ha hecho todo lo posible por desnaturalizar su función y su cargo, hasta pervertirlos. Las alertas de Simón han sido, como las de la Policía que animó en primavera y con sus sirenas los aplausos de las ocho de la tarde, pasatiempo y pasacalles, una maniobra de distracción con la que sobrellevar el peso de una tragedia reducida a altibajo.

Si con una ministra de Hacienda que te llama Chiqui dan ganas de ponerse a pagar impuestos, con el epidemiólogo de cabecera de Pedro Sánchez da gusto morirse, sin aprensiones.

Otro gallo nos hubiera cantado, despertado y engarrotado con uno de esos militares cuya divisa es el honor y que trastocan con su palinodia cualquier plan de ocultación y falseamiento. Simón no engaña a nadie.

Sus mentiras piadosas, dirigidas a un público infantilizado, han contribuido a serenar el ánimo de una nación que le ha perdido el respeto a un virus no solo invisible, sino invisibilizado en sus consecuencias y domesticado para una convivencia que resulta imprescindible para dinamizar el consumo a partir de la confianza. Si el fin justifica los medios, Simón era necesario.

El médico zaragozano rueda estos días un episodio de la misma serie, «Planeta Calleja», muy humana y humanizadora, por la que ya pasaron Pedro Sánchez y Soraya Sáenz de Santamaría, dos políticos que comparten con Simón su estrategia normalizadora, balsámica y engañosa, gente que sonríe en las peores circunstancias y que contagia su optimismo desde las franjas televisivas a las que se asoman los niños y los públicos menos exigentes.

Queda por saber en calidad de qué presentará Calleja a su nuevo invitado. Como político de consumo, da la talla y va a por nota; como médico, en cambio, no ha dejado de incumplir el protocolo de decir siempre al paciente una verdad que social y económicamente quizá retraiga, pero que personalmente nos hubiera protegido.

Jesús Lillo ( ABC )