FIESTA DE AMIGOS

Tomaba posesión Luis García Montero, poeta de su sabañón de ser poeta, poeta con metralla de ser poeta, y aquello parecía un cumpleaños de Serrat. Sabina y Miguel Ríos, quizá con sombrerito y chalequillo, como conejitos de musical, como jubilados de velada, como vendedores de jarabe, su jarabe, su flema y su pulmón izquierdo como un pez boqueando. Ellos y algún Bardem, gárgolas de platea de la rojez.

Una fiesta de amigos, como las de sus poetas colocados o sus libros vendidos entre ellos, como sus conspiraciones de premiecillo, como sus noches de terraza, largas como dos dedos de whisky. Tomaba posesión García Montero, pero no como director del Cervantes, sino como de una mesa para doce. Lo público como destapar la mosquitera de tu cama y terminar allí la copa y el poema y la canción, los doce, como apóstoles fumados.

Es buen ejemplo García Montero entre los muchos mandados de Sánchez, porque no sólo se trata de colocar a fieles. Sánchez quiere ocupar no sólo lo público, sino, como enseñó Felipe González, toda la sociedad: que desde el banquero al presidente del bloque necesiten el sello luisino de la rosa del partido. Sánchez quiere a García Montero no tanto porque vaya pegado a su ideología como las legañas de sexo y desgana a su pluma, sino porque él va siempre como con el Trivial de sus amigos para jugar y repartir, y sabe llamar a la fiesta como sacando una gran ponchera.

Sánchez se nos ha ido revelando poco a poco como un Maquiavelo con tatuajes de Popeye. Pero ya se acerca al hedonista megalómano. Antes volaba con Falcon, sólo para posar en una nube como Katy Perry o para ir de marchita presidencial, como si convirtiera conciertos en catedrales suyas. Ahora no necesita ni avión, se cree Superman. Con él, dice, ha comenzado “una nueva era política”.

Está perdiendo el pudor y un día querrá nombrar cónsul a su caballo. Lo hará cuando crea que ya no necesita bardos por los institutos, fontaneros por las agencias ni amigos fiesteros de lo público para ganar las elecciones, sino que basta su presencia para que el mar se aquiete y el sol busque su pecho y sienes romanos. Ya consiente, como gracioso homenaje, que le enchufen a la señora en trabajos de infanta. Yo creo que va a acabar zumbado. Antes incluso de perderse en Doñana, donde se aparecen pájaros de fuego, y de que una pared de La Moncloa se lo trague, como les ha pasado a todos.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )