Acaba agosto -«frío en el rostro», dice el refranero en otra de sus bromas-, y nosotros seguimos con los mismos problemas, más algún otro, como el de mandar a los críos a la escuela sin saber si van a aprender algo o a pillar el virus.

Tras mucho discutir, sólo han sacado en limpio sacar al Ejército a buscar contagiados. ¿Lo pondrán a las órdenes del vicepresidente Iglesias? Espero que no, porque sería capaz de ordenarle impedir los escraches de su mansión, visto lo mal que le ha sentado.

¿Pero no notan ustedes algo parecido a un ambiente de fin de ciclo, de época, de era incluso, como si los españoles estuviésemos exprimiendo las vacaciones hasta el último día, hora, minuto, convencidos de que va a pasar mucho, mucho tiempo hasta que volvamos a tener algo parecido?

El mismo desafío al virus, no sólo de los más jóvenes, sino de también de adultos y mayores, que no están dispuestos a renunciar a nada, ¿no denota un ansia de prolongar lo que teníamos y se nos escapa de las manos?

Empezamos a darnos cuenta de que hemos vivido, en occidente al menos, la mejor época de la historia, desde finales de la Segunda Guerra Mundial para acá. La época del consumo, de los viajes al extranjero, de los aumentos automáticos de sueldo, del apartamento en la playa, de las tarjetas de crédito, del comer o cenar fuera, por citar sólo alguna de las cosas que antes tenían sólo unos pocos y se habían convertido en populares, diría incluso en normales.

Hubo, sí, en medio un par de crisis, en las que la gente lo pasó mal, pero siempre hubo recuperación, rebote, una reserva, una salida. Que hoy no hay. ¿Quién va a pagar la inmensa deuda existente, más la que se acumule para combatir los destrozos del Covid?

Los fondos de ayuda europeos posibilitarán mantener el programa ERTE hasta finales de año, pero ¿qué pasara cuando se acabe, pues se trata de un subsidio de paro a 3,8 millones de trabajadores que han perdido el empleo? Y no hay el menor indicio de que para entonces se haya logrado la recuperación.

¿Qué pasará, con las pensiones, cuyo déficit exige ya hoy una emisión de deuda cada mes? ¿Y qué pasará, sobre todo, cuando los fondos de recuperación europeos se agoten, ya que todo tiene un fin, y el del dinero regalado o prestado a largo plazo es el primero en agotarse?

Entonces nos daremos cuenta de que hemos sido unos insensatos dejando nuestros intereses en manos de quienes creen que el dinero cuelga de los árboles o «no es de nadie». Y de que gastar más de lo que se produce lleva inevitablemente a la bancarrota.

Y de que este Gobierno, tan grande, tan variopinto, tan parlanchín, no tiene la menor idea de sanidad, de economía, de educación ni, menos aún, de España como nación y como Estado.

Aunque puede que entonces sea ya demasiado tarde.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor