» FRANCOSTEIN »

Inspirándose, quizás, en una reciente chacota de Miquel Iceta, Felipe González se preguntaba en la Universidad Carlos III: «¿Nos vamos a tener que conformar entre un Gobierno Frankenstein o uno Francostein?». El ex presidente aludía a un posible Gobierno compuesto o apoyado por PP, Ciudadanos y Vox, al que atribuiría raigambre franquista. Donde las dan, las toman, y así nos vamos entreteniendo mientras maduramos nuestro voto malamente.

En rigor, el Gobierno de Pedro Sánchez no puede llamarse Frankenstein, pues es un Gobierno de una pieza. Frankenstein sería la alianza que se formó entre piezas distintas para que Sánchez pudiera echar a Rajoy con la moción de censura y la subsiguiente, inestable, frágil y, finalmente, mortal mayoría parlamentaria que ha apoyado al Gobierno socialista.

Frankenstein contra Francostein, ése podría ser el título de una película de Franco. De Jesús Franco, quiero decir, gran figura del pornoterror barato. Entre una cosa y otra, la novela de Mary W. Shelley -tan diferente a la película de James Whale y a sus infinitas secuelas- está teniendo una formidable publicidad gratuita. Va a ser cosa de leerla.

Lo cierto es que los Gobiernos de Franco sí tuvieron algo de la descomunal criatura animada por Víctor Frankenstein. La dictadura, en su desempeño fáctico, se comportaba como si fuera de una sola pieza, vaya que sí, pero es preciso recordar que sus sucesivos gobiernos fueron, sobre todo al principio, un cosido de falangistas, militares, carlistas, monárquicos y católicos.

El desgaste o el rechazo entre sí de algunos de estos materiales -excepto el castrense- fue provocando -mediante «odiosas manipulaciones», que diría el estudiante de medicina Frankenstein- su progresiva sustitución por otros, culminándose la faena con el trasplante de cerebro. O sea, con la inclusión en la caja craneal de los tecnócratas de cuello blanco.

Las entonces llamadas Cortes Españolas, pese a su asertividad unánime a los deseos del Caudillo, también tenían su punto de patchwork -o de almazuela, si se prefiere-, pues al conjunto de retales formado por las chaquetillas blancas, las camisas azules y los uniformes caquis se hilvanaron durante años las sotanas obispales y, ojo, las túnicas de los procuradores saharauis.

Frankenstein o Francostein, ya es mala sombra que nuestro imaginario se decante por evocar ante las elecciones una película de terror. Ya que estamos, ¿para cuándo un Mel Brooks que, por lo menos, nos haga reír con un doctor Fronkonstín?

El Mundo

viñeta de Agustín Muro