FRANKENSTEIN SIN PIERNAS

La nueva política española no tiene estrategas sino guionistas. Ya no se trata siquiera de fabricar contenidos, que era el estado intermedio con que la posmodernidad había sustituido a esa antigualla de las ideas; ahora la prioridad es «construir un relato» para cebar la conversación de las redes sociales y anticiparle los argumentos al adversario.

Los guionistas de los partidos parecen saturados de devorar series y necesitan crear episodios trepidantes acabados en clímax, como si en vez de gobernar, o algo parecido, un país tuviesen que alcanzar records de audiencia a base de suspense y tramas rocambolescas.

La negociación (?) de la investidura de Sánchez, desarrollada bajo esta pauta, ha registrado más episodios en los platós que en los despachos, y reservaba el final para el mismísimo Congreso como manda el canon de los seriales.

Fue a las 13.15 de ayer, un cuarto de hora antes del pleno decisivo, cuando se conoció el desenlace. Esta vez no habría gol en la «zona Cesarini» -un antiguo futbolista conocido por su habilidad de marcar en el descuento-ni exhibición de efectos especiales. Tras una jornada entera de caótico forcejeo, ofertas y contraofertas,

Podemos había decidido tumbar la candidatura de Sánchez. Éste, por su parte, ya se había dado por derrotado ante su ejecutiva un par de horas antes, pero el famoso guión exigía dejar la última esperanza en el aire.

Comenzó entonces la guerra del último minuto, el pulso propagandístico por declarar culpables. Con el ministro Ábalos al frente, los socialistas se lanzaron a colocar su versión en el escaparate. Como si al cabo de dos meses de postureo estéril hubiese faltado tiempo para establecer responsabilidades.

Por si quedaban dudas, Pablo Iglesias entró al hemiciclo con la camisa de cuadros arremangada y la mochila a la espalda, elementos que en su semiótica visual constituyen el uniforme de combate.

Forjado en la televisión, utiliza su ropa, su gesto y su semblante para emitir señales, y todas ellas eran propias de momentos graves. El acuerdo de coalición, que nunca llegó a formarse, estaba roto y le tocaba pasar como pudiera el trámite.

La imagen resultó demoledora de puro siniestra: era el laboratorio del Gobierno Frankenstein en plena faena. El PSOE aportaba el cuerpo y la cabeza, Bildu y ERC los brazos y sólo faltaban las piernas, que por supuesto las tenía que ajustar Iglesias.

Pero el líder de Podemos decidió dejar al monstruo inerte sobre la mesa, a pesar de que Alberto Garzón, su socio de IU, pidió a la presidenta Batet un receso para intentar muñir antes de la votación un acuerdo de urgencia.

Ignacio Camacho ( ABC )