A sus 71 años, Rodrigo Rato está a punto de completar su segundo año hospedado en Soto del Real, donde cumple pena de cuatro años y medio por guindar cien mil euros con las famosas «tarjetas black». Es uno de sus cuatro frentes judiciales.

La suya es la historia de una caída por una conducta moral resbaladiza. Rato, bendecido desde la cuna, fue el hombre que pudo reinar. Arquitecto del éxito económico de Aznar, parecía llamado a sucederlo. Pero inesperadamente el dedazo elector anotó en el famoso «cuaderno azul» el nombre del parsimonioso Mariano (a quien su promotor acabaría retirándole la palabra y dándole cera).

La trayectoria de Rato discurrió desde aquel descarte de manera extraña. Una espantada nunca explicada en el FMI y luego el enjambre de Bankia.

Rato, por supuesto, no goza de permisos encadenados, como los que disfruta en la prisión spa de Lledoners un condenado a 13 años por sedición. Tampoco se espera que Sánchez acometa reformas torticeras del Código Penal para sacarlo de la cárcel por la puerta trasera, como pretende hacer con Junqueras. Con Rato se aplica todo el peso de la ley, y bien está.

Pero no puede haber justicia si no se respeta la presunción de inocencia. Por eso supone una magnífica lección el espectacular repaso que la juez Ángela Murillo, de la Audiencia Nacional, le ha dado a Carmen Launa, de la Fiscalía Anticorrupción, en el caso de la salida a Bolsa de Bankia.

Los hechos ocurrieron en 2011, pero con la insufrible morosidad habitual llega ahora la sentencia, y con sorpresa: absueltas 31 personas físicas y tres jurídicas acusadas de «estafa a los inversores» y «falsedad contable». Rato, que ya había sido fusilado al amanecer por este caso, emerge exonerado.

La sentencia recuerda que la salida a Bolsa recibió el visto bueno de todos los supervisores (Banco de España, CNMV, FROB y EBA). También concluye que la información del folleto era «amplia y certera». Incluso incorporaba 36 avisos de los riesgos de la inversión, descritos de manera «exhaustiva y clara».

Si yo fuese la fiscal Launa, para salir a la calle sin que me reconociesen me calaría una mascarilla XXL y unas gafas de sol tochas, tipo Victoria Beckham. Y es que rara vez se ve un vapuleo de un juez a un fiscal tan sonrojante como el de esta sentencia de 442 páginas: «No se fundamentó actividad probatoria alguna». No hubo «atribución de hechos concretos a cada acusado».

Las pruebas contra Rato «brillan por su ausencia». «No se detalla un solo dato que fundamente la acusación», se asombra la juez. Todo se basó en un enorme prejuicio, al calor de un clima mediático y político donde lo correcto era crucificar a esos ejecutivos, pues al año siguiente el agujero de Bankia provocó el mayor rescate de nuestra historia (24.000 millones).

Pero lo que se juzgaba no era ese crack, sino la salida a Bolsa, y ahí no se ha encontrado ninguno de los delitos por los que la fiscal pedía ocho años y medio para Rato.

«Los ricos se van de rositas», lamentan desde la burramia jurídica más desacomplejada los eminentes Rufián, Echenique y Errejón. Respetemos siempre la presunción de inocencia.

Políticos y periodistas deberíamos acometer un examen de conciencia.

Luis Ventoso ( ABC )