GABILONDO: EL DOBLE SAQUEO

El chico del que les voy a hablar entró de botones en una empresa a los 12 años, cuando lo sacaron de la escuela argumentando que «los obreros no podemos estudiar». Sus padres, antiguos republicanos de Azaña, eran respectivamente corrector en un periódico y empleada en una empresa de papelería.

Poco a poco, el chaval fue ascendiendo en el escalafón y, fijándose en el jefe de los servicios jurídicos, albergó la secreta, alocada esperanza de hacerse abogado. Acudió al maestro del barrio: «¿Usted cree que yo puedo estudiar?» –«Naturalmente, hijo, traiga libros y empiece el bachillerato». Como no los tenía, lo contó en la compañía –una de esas grandes firmas patriarcales de antes– y se los compraron.

Efectivamente, hizo hasta la reválida trabajando y, de noche, estudió Derecho en la vieja universidad de San Bernardo, con becas de las de Franco a los buenos estudiantes. Cuando se licenció, puso un despachito con un amigo por las tardes, cuando salía de su larga jornada laboral. Ese hombre llegó a dirigir los servicios jurídicos de la empresa donde comenzó y tuvo un bufete de abogados especializado en seguros con un prestigio imbatible en Madrid. Ese gran hombre es mi padre.

Nunca lo he visto levantarse después de las siete de la mañana, ni llegar de trabajar antes de las diez de la noche. Siempre ha defendido la igualdad entre los seres humanos y la necesidad de cumplir escrupulosamente con los impuestos. Es uno de esos españoles del desarrollismo que levantó el país a pulso cuando el plan Marshall nos volvió la espalda y que se había criado en la autarquía y el hambre.

Uno de esos que hizo la transición. Ignoro lo que mi padre ha ahorrado en estos últimos cincuenta y cinco años, que son los que ha trabajado, ni es cosa mía, ni de Ángel Gabilondo. A sus espaldas han ido los gastos de cuatro hijas y el mantenimiento del hogar que mi madre administraba trabajando también día y noche.

Pero me hace mucha gracia la ligereza con que el candidato del PSOE dice: «A los que heredan millón y medio, bien se les puede pedir un esfuerzo». ¿Más esfuerzo familiar aún? ¿De verdad se puede decir eso con ese desahogo?

Cuando un hombre se desloma por los suyos como lo ha hecho mi padre tiene derecho a hacer con el sudor de su frente lo que le dé la gana. Ha pagado a Hacienda mucho más que otros, ha ayudado a los desfavorecidos generosamente, ha marcado la cruz de la Iglesia ¿de veras debe someterse de nuevo a un reparto que decide Pedro Sánchez?

Trabajamos por el presente, pero también para dejar algo a nuestros hijos. Los impuestos de sucesiones son una doble tributación despótica.

Cristina López Schlichting ( La Razón )