Si un político tiene un proyecto y la gente no lo sabe, lo que tiene no es un proyecto sino un problema. Y un problemón si no lo conoce siquiera el presidente de la fundación encargada de servir a su partido como laboratorio de ideas.

Cuando Pablo Casado responde en público a Aznar que ya expuso su programa para gobernar España en el discurso ante el congreso del PP en Valencia produce una cierta sensación de flaqueza porque viene a admitir que ese mensaje no ha llegado ni a los votantes ni a los círculos de influencia con capacidad de crear opinión entre los sectores del centro-derecha.

Y por tanto que hay un fallo esencial en la comunicación de su estrategia. Su brillante oratoria peca de una dispersión que le resta contundencia y aturde al oyente con alharaca dialéctica. Le falta precisión, pausa, puntería para centrarse en unas pocas propuestas bien concretas sin dar la impresión de que corre tras los señuelos de Sánchez como un pollo sin cabeza. Si su plan no cala es porque carece de un marco conceptual que le dé cohesión y fuerza.

Ésa ha sido la base del éxito de Feijóo y de Ayuso, tan distintos pero eficientes ambos a la hora de crear -desde el poder, eso sí- un relato sobre sí mismos y dotarlo de un estilo, de un tono, de un sello característico. El ‘leit-motiv’, el argumento dominante de Casado, por ahora parece sólo el de la necesidad de acabar con el sanchismo. No es poca cosa pero hay sectores sociales que esperan algo más: un modelo alternativo.

Y no tanto el de las batallas culturales, que es el campo donde Vox ha plantado su trinchera, como el de la defensa de la sociedad abierta y de la moderación como referencia frente al sectarismo intransigente de la izquierda. En ese espacio está la mayoría, incluida la porción de electores decepcionados de la incompetencia socialpopulista.

Al PP se le supone solvente en el manejo de la economía, aunque tampoco le vendría mal dar a conocer el equipo encargado de reconstruirla; de lo que mucha gente desconfía es de su energía, su fortaleza anímica para asumir un compromiso de verdadera profundidad regenerativa.

El reproche oblicuo de Aznar, impregnado de desencanto, tal vez no fuese desde luego el mejor modo de echar una mano. En una campaña ese tipo de advertencias son una baza para el adversario. En términos objetivos, sin embargo, muchos españoles comparten sus dudas sobre la finalidad última del liderazgo, que no es la de ocupar el poder por ocuparlo sino para ponerlo al servicio de algo.

Ese algo es lo que está pendiente de definición más allá de un catálogo de medidas a plazo inmediato. Se trata de un pensamiento de fondo que trascienda el mero diseño táctico. Un partido sistémico necesita algo más que un programa y un candidato: tiene que ofrecer a los ciudadanos una razón para votarlo.

Un contrato conciso y sobre todo claro en torno a una idea de nación y de Estado.

Ignacio Camacho ( ABC )