Cuando Carlos V, deslumbrado y conmovido por el valor de los españoles sin más título que su gentilicio, quiso nombrar nuevos hidalgos, el Duque de Alba le paró los pies y la gratitud al Emperador explicándole que, aún siendo el hombre más poderoso del mundo, él no podía hacer hidalgos porque “en España, los hidalgos sólo los hacen Dios y el tiempo”. Con los catetos sucede lo mismo, sólo Dios y el tiempo son capaces de fabricarlos, y ni la fortuna ni Salamanca son capaces de desfacerlos.

Así como al hidalgo se le asoma su innata cualidad, la hidalguía, hasta en la indigencia, al cateto hispano se le asoma el pelo de la dehesa hasta en la opulencia, le trepa por encima de la gola, se le cae de los bolsillos cuando arroja sobre el tapete su oro nuevo y obsceno, y le resbala por la barbilla y la pechera cuando sorbe sopa en cuchara de plata y plato de porcelana de Rosenthal sobre manteles de hilo de Holanda.

El hidaldo monta un rocín y tal parece que cabalga a lomos de Bucéfalo. La elegancia natural del hidalgo transforma la humilde alpargata en bota alta y espuela de plata. El cateto hispano no se despoja del gañán que le habita ni aunque le vistan los sastres de los oficiales de la Caballería Prusiana.

He ahí a Emiliano García Page, el presidente de la taifa autonómica de Castilla-La Mancha, echándole la culpa de la pandemia en sus predios al pueblo de al lado, o sea a Madrid, tal y como los gañanes medievales de su estirpe le echaban la culpa de la peste a los gatos negros, a las brujas y a los judíos.

A punto ha estado de bramar ¡madrileños, al pilón! este mandarín autonómico que no ha salido de las urnas, sino de un chiste y de un sketch de su paisano José Mota, cuyo cateto manchego es el paradigma del político aldeano español que lleva las alpargatas en el alma, a un villano en el corazón y a un vendedor de mulas tuertas en la faltriquera. Sancho Panza era Petronio al lado del cateto de José Mota, o sea Emiliano García Page.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )