GARZÓN Y LA FELICIDAD

En agosto de 2017, Alberto Garzón, por entonces el perenne «líder más valorado» en las encuestas del CIS, contrajo matrimonio con su novia de varios años, Anna Ruiz, una joven médico de Familia. Conociendo la supuesta preocupación del jefe del Partido Comunista por los desfavorecidos y sus críticas despiadadas al decadente consumismo burgués, se aguardaba un convite de boda campechano y austero. Una fiestecilla campera, de litrona y calimocho, con unos bocatas a modo de papeo.

De cierre, tal vez unos himnos revolucionarios cantados a coro. En cuanto a la imagen de los novios, lo mejor, en camiseta, para no incurrir en rancios clichés «hetero-patriarcales» y «sexistas», como una novia de blanco (un look probablemente inventado por Franco) y un novio de chaqué. De luna de miel se esperaba algo modesto: un garbeo costero por España, o unos días de montaña. En un mundo arruinado por los abusos del «capitalismo salvaje» toca dar ejemplo.

Pero no. Resulta que Albertito se vino arriba. Chaqué, novia de blanco y gran sarao para 270 invitados en un restaurante riojano de categoría, a 309 euracos cubierto. Hubo orquesta, y cantautora de fama contratada para la ocasión, y hasta un toro mecánico para echarse unas risas (en extraño guiño del líder comunista a una moda del «imperialismo yanqui»). De viaje de novios, unas semanas a todo trapo en Nueva Zelanda, lo más lejos y lo más caro posible, disfrutando de la prosperidad de una de las democracias liberales que mejor funcionan.

Ante la incongruencia entre lo que predica y lo que practica, al bueno de Albertito lo pusieron verde. Pero se defendió airadamente; vía Twitter, por supuesto (empresa del imperialismo yanqui, donde el derecho al honor no vale un patacón). Esas críticas contra él atendían a una campaña de «la derecha cavernícola», a la que «le molesta que la gente de izquierdas pueda ser feliz y hacer una vida normal».

Garzón hace campaña estos días a favor de la dictadura de Maduro y contra «el golpe de Estado de Guaidó». La felicidad de los venezolanos no parece interesarle tanto como la suya propia. Le parece estupendo que los hospitales de Venezuela metan miedo, o que el hambre lleve a buscar comida en los basureros.

También le parece normal que ante una pregunta sobre ese drama, Maduro corte una entrevista con un afamado periodista mexicano y lo encierre tres horas en una mazmorra a oscuras de Miraflores. A Garzón le parece chupi que Maduro ordene disparar y gasear a los venezolanos que tratan de introducir ayuda humanitaria, y que dé pucherazos electorales, y que se invente un parlamento cuando pierde, y que los opositores vuelen desde las ventanas del edificio de los servicios secretos, y que tres millones de personas se hayan exiliado, y que la hiperinflación sea de tebeo.

Albertito está muy preocupado con Trump, que es peor que Darth Vader; con «la triple derecha», unos ultras luciferinos, y con defender a los golpistas catalanes que atacan a su país. Pero las urnas harán justicia poética. El castañazo electoral de Albertito y Pablito marcará época, porque el público está calando unas conciencias tan averiadas.

Luis Ventoso ( ABC )