GERONA, UN LAZO QUE AHORCA

Ya es normal. Alzar la vista y no sorprenderse. Lazos amarillos colgados de las farolas, banderas escocesas, no pocas ikurriñas y claro, decenas de esteladas customizando los balcones. Lo normal. Un paisaje de iconografía uniforme, granítica como el pensamiento impuesto, sin grietas ni fugas. Un quiosco de Ciudadanos resulta casi exótico. No han ganado, vale, pero lo creen y les basta.

La épica de esta fábula consiste en teñir de amarillo lugares hermosos, históricos, solemnes, de una ciudad que conocía bien. Hoy, todavía, no me siento agredido. Ya, tristemente extraño. Como una gangrena, se han apoderado del entorno. La resistencia, silente, aprende a convivir con quienes han extendido esa metástasis ideológica, un tumor que al fin se apodera de todo.

Practican una mística casi bufonesca. «Mira, ahí el colegio de los hijos del presidente Puigdemont. Aquí se encerraron para proteger las urnas, a esa valla se encaramaron los padres y bregaron». ¿Lucharon? Ya ven, hasta la plaza de la Constitución cambió de nombre. Ahora es la del 1-O. Gerona ya tiene su memoria histórica, selectiva, inflada, sectaria, pero es la suya, la impuesta.

Inamovible porque da igual con quién hables, en qué trabaje, sus aficiones. Un lazo amarillo que ahorca al disidente. Nada tenemos que discutir. Cruzas por las hermosas plazas de una ciudad en fiestas y allí están, cantando «els segadors» puño izquierdo en alto, sosteniendo en la derecha una pancarta de tinta reciente que pide «España, siéntate y habla». ¿De qué? ¿para qué? Barrunto que ni les importa.

Ya es normal la anormalidad de vivir en Gerona, donde te cortan calles, te resbalas al pisar sobre adoquines untados en la cera de un pacifismo falsario, que te obliga a ele’gir tus grupos de whastapp del cole en función de tu ideología.

Si no comulgas, recelo, lo máximo, una mirada compasiva: «pobres niños, sus padres no entienden». Al otro lado del muro cada vez más visible, los raros -los que no portan lazo- aguantan estoicos la ausencia del Estado, el soniquete del muecín llamando a la yihad catalana desde los minaretes mediáticos.

Hay menos guiris, sí. Hoy se puede andar por las calles, pararse en los puestos de pintura y contemplar la maña de un herrero. Pocos visitantes porque como dice un gironí de tota la vida «ya cansamos de tanta protesta, de la tristeza, del grito, del dedo que señala. Pero es que ahora somos así».

El camarero de la Plaza de Independencia recoge la propina. Reconoce el habla y musita: «Sí que cansa, antes era otra cosa». Suena a pasado, lejano. Tan pretérito que mis recuerdos son de una ciudad limpia, rica, culta, bilingüe, cosmopolita… nada que ver. Lo normal cuando a unos le sobran tanto los demás. Sus vecinos, mi familia. De Gerona, de toda la vida. Sin lazo, ni ganas de llevarlo. «Ay, qué raros. Pobres niños».

Agustín Pery ( ABC )