GOBIERNO DE COALICIÓN NO DESEADO

Habrá que interpretar que cuando Pedro Sánchez dijo el pasado jueves en La Sexta que no quería que Pablo Iglesias estuviese en su Gobierno, en realidad el mensaje iba más allá. Visto lo visto, todo indica que querría decir que no quiere a nadie del núcleo duro de Podemos. Y, por supuesto, alejar la idea de que Iglesias esté a la sombra de «sus» ministros e imponga su protocolo mediático habitual.

Que una de las partes coaligadas, la más importante, le diga a la otra que no quiere que esté su representante más distinguido es algo por lo menos peculiar, como lo es toda esta negociación. Lógicamente, como en cualquier serie de televisión, sobre todo en las más castizas, sigue funcionando la idea de fuerza de «si no quieres caldo, toma dos tazas».

Y esa ha sido la respuesta de Iglesias a la insólita propuesta de Sánchez de decir en público –con momentos de ensañamiento inéditos– que no lo quiere a su lado como ministro. Que no se fía de él. Si no me quieres a mí de ministro –ha venido a responder el que es su socio preferente–, yo diré cuáles deben ser los que nos corresponden.

Es obvio que para los mensajes de calado ya estará él fuera de La Moncloa, incluso el mismo viernes para hablar de las políticas de sus ministros. «Lógicamente», añadió Iglesias, será su formación la que elija a los ministros que le corresponden, que será proporcional al número de votos obtenidos.

Estamos hablando de casi un cuarenta por ciento de carteras y nadie descarta que también tengan su propia cuota catalana, lo que, de cumplirse, podría hacer temblar a Sánchez. Pese que para el PSOE la decisión de Iglesias de renunciar a ser ministro es un alivio, lo más deseable ahora sería no contar en el Consejo de Ministros con carteras al frente de las cuales hubiesen destacados dirigentes de Podemos de acusado perfil político.

En una lógica política sensata –algo que no ha existido en esta larga comedia–, sería al presidente del Gobierno a quien le correspondería nombrar a sus ministros o que estos sean elegidos con su aceptación porque su perfil se ajusta al programa que quiere llevar a cabo.

Puede que se haya llegado a un punto de inflexión y que ante el escenario de una investidura fallida, dejarla hasta septiembre con la perspectiva de elecciones el 10 de noviembre, no haya más salida que ceder por ambas partes. En este sentido, la retirada de Iglesias es una victoria para Sánchez y un mérito para Iván Redondo, la bestia negra de Podemos.

Si hay ministros de Podemos, que por lo menos se ajusten en lo posible al criterio de Sánchez, pero esa es otra batalla que se librará en estos días para llegar a la investidura con el voto asegurado. La sociedad española está aguantando con perplejidad y mucho escepticismo a un espectáculo con momentos realmente esperpénticos, pero si realmente ambas formaciones se sientan en una mesa deberían hablar con claridad de cuáles son sus planes.

Es decir, qué va a hacer cada ministerio, cuáles van a ser las reformas centrales, las leyes que quieren derogar, las que quieren aprobar y, sobre todo, cuáles son los temas de Estado en los que la posición común será inamovible. Ayer, ERC dijo que apoyaría la investidura de Sánchez con su abstención sólo si PSOE y Unidas Podemos llegaban a un acuerdo.

Puede que ese pacto se esté aproximando, pero que también se esté empezando a vislumbrar la realidad de lo que supone la llamada «mayoría de progreso» que Sánchez viene aireando desde la noche del pasado 28 de abril.

Un gobierno socialista en coalición con Podemos y el apoyo en la investidura del independentismo no es muy tranquilizador para la situación política que puede abrir la sentencia del Tribunal Supremo sobre el 1-O. Sánchez puede tener asegurado su reelección si se cierra el pacto con Podemos, pero en ningún caso contará con el Gobierno que pedía el pasado jueves: el que haga frente con lealtad al mayor reto de la democracia española tras la sentencia del 1-O.

La Razón

viñeta de Linda Galmor