GOBIERNO DE CONFRONTACIÓN

En la política que se aprendía en el plan antiguo, es decir, antes de que Sánchez viniese a refundarla, la mecánica de pactos tenía un protocolo no escrito pero bastante reglado. El que gobernaba se dirigía a la oposición para proponerle un acuerdo, bien por sentido de Estado o bien porque necesitaba ensanchar su apoyo parlamentario.

La oposición presentaba entonces unas contrapartidas y a partir de ahí comenzaba el diálogo, una negociación que requería de mutuas concesiones y de un cierto encaje de intereses cruzados. Algunos fósiles del Viejo Testamento aún se empeñan en este rito arcaico; así ha sucedido tras la pandemia en la comunidad de Castilla-León (gobernada por el PP), en la ciudad de Sevilla (alcalde del PSOE) o en la de Granada (regidor de Ciudadanos).

En el sanchismo, sin embargo, la cosa funciona de otra manera: el presidente decide lo que va a hacer y con nobleza propia de su excelso rango concede al adversario la generosa oportunidad de otorgarle su respaldo.

Y no sólo a cambio de nada sino con condiciones impuestas por el propio Gobierno, que además se reserva el privilegio de decidir si finalmente sus descarriados rivales merecen ser incorporados al consenso. Por supuesto sin que tan noble merced suponga dejar de tratarlos con desprecio o de dispensarles la tradicional cascada de improperios en compensación por su asentimiento.

Si por casualidad -o por responsabilidad- los oponentes aceptan dejar de serlo, recibirán de todos modos reproches de mala voluntad, de ingratitud, de sabotaje o de buscar puntos de desencuentro. Y su voto a favor no tendrá el más mínimo efecto para desactivar la estrategia de aislamiento.

Éste es un Gobierno creado para la confrontación, y desde su llegada al poder trae un relato bipolar preconstruido: la alianza entre progresistas de todos los partidos -incluidos los separatistas- contra la derecha intransigente heredera del franquismo.

A partir de esa elemental declaración de principios, basada en la autoatribución de todos los valores positivos, sólo tiene que pasar el rodillo de una hegemonía mediática con potencia de ruido sobrada para silenciar cualquier clase de antagonismo. No hay realidad que resista la sugestión de un buen mito.

El PP no quiere pactar, el PP crispa, se radicaliza, se aproxima a Vox o utiliza los muertos como arma: verdades reveladas que la opinión pública asume diga el PP lo que diga o haga lo que haga. Izquierda benefactora frente a resistencia facha. Un marco mental de éxito garantizado por la aplastante eficacia de la maquinaria de propaganda.

A Sánchez le da igual el pacto. Escupirá en la mano de Casado aunque éste acabe -que quizá debería- por firmarlo. Tiene la hoja de ruta decidida y, mal que bien, los votos necesarios, y está mucho más cómodo en la dialéctica de bandos. «Nosotros» y «ellos».

Buenos y malos. Funcionará. Siempre ha funcionado.

Ignacio Camacho ( ABC )