GRACIAS, SEÑOR TORRA

Nunca agradeceremos a don Quim Torra el favor que nos ha hecho mostrando la verdadera cara del independentismo catalán. Un nacionalismo que venía presumiendo de pacífico, razonable, culto, abierto, democrático y europeísta, como son la mayoría de los catalanes, pero que esconde en sus entrañas una vena supremacista, irracional y violenta, como todos los nacionalismos, que a fin de cuentas son los herederos de las más primitivas religiones.

Una vena camuflada, pero que ya apuntaba en Pujol al hablar desdeñosamente de los andaluces (eufemismo de los españoles), y montada en un relato histórico-económico-cultural falso de principio a fin. Cataluña nunca fue un reino -formó parte de Aragón hasta la unión con Castilla-, sus instituciones democráticas no fueron anteriores a las de otros reinos cristianos, su desarrollo económico comenzó a partir del permiso de comerciar con las Indias, y sus logros en artes y letras no son mayores que los del resto de España, como indica el intento de apropiarse de sus nombres más ilustres.

En cuanto a su carácter pacífico, basta recordar su alzamiento contra la Segunda República, que tan mal le salió, por no hablar del de 1640, que salió peor, tras un corto periodo bajo Francia, que les hizo pedir la vuelta a España. Resumiendo: una sarta de mentiras, como «España nos roba», cuando quienes más le han robado son sus dirigentes. Y ¿cómo explican que, siendo más inteligentes, emprendedores, etc., etc., se hayan dejado robar tanto tiempo por los zafios españoles?

Divido a los independentistas en soñadores y sinvergüenzas, y quisiera incluir a Quim Torra entre los primeros, pero lo impide su trayectoria. Estamos ante un fanático peligroso, que empezó dedicando a los españoles los epítetos más denigrantes y ha acabado proponiendo a Cataluña la salida eslovena, espoleta del estallido balcánico, la última gran guerra en Europa.

Lo que muestra su ferocidad e incultura: Yugoslavia nació en 1919, España, en 1492. Por desgracia, no está sólo: bajo su mantra pacífica, el nacionalismo catalán esconde una pulsión anárquica -los bandoleros catalanes salen incluso en el Quijote- que, al fallarle sus premisas, desde el reconocimiento internacional a la opulencia interior, busca la salida violenta. La idea de que «la independencia necesita mártires» o «sólo puede alcanzarse con sangre» viene circulando por el nacionalismo, y la huelga de hambre iniciada por algunos de sus políticos encarcelados no es más que una variante de ella.

Torra lanzó hace ya tiempo el grito de guerra a los más belicosos: «¡Apretad, apretad!» y lo ha consagrado con la vía eslovena, que tiene muy poco que ver con Cataluña, empezando porque los independentistas allí eran el 95 por ciento y en Cataluña no llegan al 50. Complica la cosa que tiene enfrente alguien tan equivocado como él.

Sánchez habla siempre de «los pueblos de España», como si no existieran los españoles, entre los que se cuentan los catalanes con sus virtudes y defectos, bastante más parecidos de lo que parece a los del resto. Nada de extraño que busquen el encuentro: ambos anteponen su proyecto personal al nacional.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor