GRANDE MARCHENA

A diferencia de otro juez que se ha pasado al lado oscuro, dejando su «grandeza» reducida a un apellido, Manuel Marchena acaba de dar una lección de dignidad merecedora de ser recordada. Debe de resultar difícil renunciar a presidir el Tribunal Supremo y el Consejo General del Poder Judicial; declinar acceder a lo más alto de la Carrera que uno ha servido con lealtad, sabiendo que acredita méritos sobrados para ocupar ese puesto.

No habrá sido una decisión sencilla de tomar, pero era la única compatible con la defensa de una Justicia escarnecida, enfangada por unos políticos carentes no solo de escrúpulos, sino de la mínima inteligencia exigible a quienes nos gobiernan.

Está por ver si este gesto basta para frustrar las maniobras de los golpistas catalanes, que esperan librarse de una condena altamente probable cuestionando la imparcialidad de los magistrados llamados a juzgarlos. Dada la tendencia imperante en las instancias europeas, más vale ponerse en lo peor.

Porque si a la manifiesta irresponsabilidad mostrada por nuestros dirigentes sumamos la escasa o nula relevancia que la España actual alcanza en el seno de la Unión, llegamos a la conclusión de que todos los elementos apuntan a un veredicto desfavorable.

Lo sucedido el 1-O en Cataluña fue un golpe de Estado en toda regla, de eso no hay duda. Como tampoco la hay de la terrible torpeza, debilidad, desunión y cobardía con la que el Estado, excepción hecha del Rey y de algún magistrado, ha respondido a la asonada. Cada día que pasa se añade un nuevo capítulo al relato de este desastre.

Marchena ha hecho lo que tenía que hacer, anteponiendo la honra a la legítima ambición, a costa de un gran sacrificio. Ha obrado del único modo posible para tratar de salvar la durísima instrucción en la que Pablo Llarena se ha dejado la paz personal y la libertad de movimientos.

Ha escupido su desprecio a quienes pretendían convertirlo en un títere al servicio de sus intereses y se ha ganado con ello el respeto de los españoles. ¿A qué esperan los otros protagonistas del esperpento para actuar en consecuencia?

No es de recibo que Dolores Delgado siga siendo ministra de Justicia. Ni un minuto más. Ya resultaba intolerable después de escuchar las grabaciones de su compadreo cuartelario con el inefable Villarejo, pero ahora su dimisión (o cese) se convierte en un clamor. Su inepcia es manifiesta.

Su carencia de principios salta a la vista. Y no porque filtrara o dejara de filtrar el contenido de una negociación en sí misma repugnante, como dicen sus interlocutores del PP en esa subasta de togas, sino porque participó en ella. Delgado ha traicionado su condición de fiscal y todo lo que representa. Su presencia en ese Ministerio constituye un insulto a la Carrera judicial.

¿Y qué decir de Ignacio Cosidó? ¿Es consciente de lo perjudicial que resulta su permanencia en el Senado para su «amigo» Pablo Casado? A tenor de lo sucedido en las últimas semanas, no ha demostrado tener mucho ojo este último seleccionando a sus pretorianos, y ahora le faltan arrestos para fulminarlos cuando es preciso.

¿Por qué se fió de un hombre capaz de traicionar a las víctimas del terrorismo haciendo bandera del chivatazo del bar Faisán mientras estuvo en la oposición, para olvidarse del asunto apenas llegó a Interior? ¿No era ese indicio suficiente de su dudosa moralidad, o es que se trataba de un «olvido» compartido?

España, huérfana de liderazgo, contempla atónita su propia destrucción. Falta grandeza, falta decencia, faltan hombres como Marchena, capaces de anteponer el deber a la conveniencia.

Isabel San Sebastián ( ABC )