En España cada día es el aniversario de algún atentado de ETA en el que murió asesinado un hombre, una mujer, un niño, una fiscal, un político del Psoe , del PP o de UPN;  un policía, un guardia civil, un ertzaina, o un ciudadano cualquiera ,  pero  hoy hay gente que se dice periodista y que  tal vez por su edad jamás estuvo en un funeral en el País vasco, ni visitó un  lugar donde había estallado una bomba en Madrid , que tiene la desfachatez de explicar por qué aquellos asesinos hoy son hombres de paz.

A mí no me sorprende  la indecencia que chorrean los políticos que hoy pactan con quienes asesinaron a sus compañeros, porque  al igual que va en la naturaleza del escorpión inyectar su veneno  al cocodrilo que le ayuda a cruzar el río, forma parte de la condición del militante disciplinado traicionar a su propia madre si se lo exige el jefe.

En cambio el periodista,  sólo está condenado a tratar con lo peor de la sociedad para conocer sus secretos, pero nada le obliga a ser su cómplice y venderse a ellos,  porque en ese momento se convierte en un mercenario, que es hoy el pluriempleo de bastantes de mis antiguos colegas.

Muchos repiten la frase “solo soy un periodista”,  como si fuese un escudo protector para cubrir sus mezquindades con una coartada creíble,  y a partir de ese momento justifican cualquier disculpa en favor de los asesinos de ETA y  de quienes siguen honrando sus sucios nombres, porque los que hoy están en el poder al que adulan, son los interlocutores  de los que antes iban encapuchados  y con una parabellum al cinto.

La historia real, literaria y cinematográfica describe a los plumillas  como gente a veces amoral, con frecuencia canalla pero siempre romántica  cuando se trata de una buena causa y de la defensa de la verdad frente al poder corrompido, y por eso esas novelas y cintas de cine forman parte de las hemerotecas de un pasado que no volverá.

Hoy, salvo en algunas secciones que mantienen la dignidad de esta profesión, el ejercicio del periodismo se ha reducido a las tertulias en las que tienen cabida como si fuesen profesionales de la información y no de la propaganda, políticos, agitadores, y expertos en felaciones a sueldo.

Lo más lamentable es que hemos permitido que los muertos – ya sean los asesinados por ETA o los que fallecen por otras causas incomodas para el poder –  formen parte de una historia inoportuna que incómoda tanto a sus antiguos asesinos como a quienes pactan con ellos y también para la prensa amiga.

 Carlos Alsina  ha iniciado hoy en Onda Cero  una sección de entrevistas cortas y homenajes sencillos a los familiares de los que  fueron asesinados por los amigos de los socios preferentes del gobierno de Sánchez,  y está leyendo en antena pasajes de “Los ejes de la amargura” de Fernando Aramburu.  

Hacer un programa así suena a excepcional porque los que dicen de sí mismos que “solo son periodistas”,  se han olvidado de los años de plomo, en los que «los gudaris de mierda» – como los llamo José Luis Corcuera- un día como hoy mataron en Sabadell con un coche bomba a seis policías nacionales.

Diego Armario

viñeta de Linda Galmor