GUERRA DE GUERRILLAS

La primera guerra moderna del secesionismo catalán contra el Estado español fue una guerra en toda la línea: el Govern de la Generalitat decide declarar unilateralmente la independencia y el Parlament lo respalda, asumiendo poderes soberanos que no tiene.

La respuesta del Gobierno español es la esperada por todo el mundo menos para los responsables: invoca el artículo 155 de la Carta Magna y asume todos los poderes en Cataluña, mientras el Poder Judicial los detiene, menos a los que han logrado escapar al extranjero. El juicio ya se ha celebrado y la sentencia se espera de un momento a otro.

Visto lo visto, el secesionismo catalán ha decidido adoptar una guerra de guerrillas para el segundo intento. La llama «desobediencia masiva desde la lucha no violenta y la desobediencia civil», con la que espera escabullirse de los tribunales y se contradice doblemente.

Porque la desobediencia, cuando es de la Constitución, del Estatuto y de la sentencias judiciales es delito, de los más graves, además; y porque la lucha no violenta es como el hielo abrasador o el fuego helado del soneto de Quevedo, pero no referido al amor sino al odio, o sea, incompatibles.

El entero movimiento separatista catalán es una contradicción, por no decir una farsa, empezando por ese pacifismo del que presumen y terminando con el diálogo que proponen. Practican la violencia en escuelas, los escraches y en cuantos actos celebran, para, encima, proclamarse víctimas. El diálogo que reclaman es «o me das lo que pido, o lo tomo sin miramientos».

Eso no es dialogar ni negociar, eso es la extorsión que practicaban las mafias norteamericanas que hemos visto en tantas películas: unos individuos de mala catadura se presentan en una de las pequeñas tiendas del barrio a vender lo que llaman «protección». «¿Protección de qué?», pregunta el tendero. «De todo lo malo», responde el más locuaz del grupo. «Pero si no tengo enemigos, Todo el barrio me quiere», insiste el buen hombre. «De nosotros», dice el individuo ya nada amable.

Exagero naturalmente, pero es lo que está ocurriendo en Cataluña: los secesionistas se han creído que es suya, con toda la gente que allí vive, y obran como si les perteneciese. Invocan el derecho de autodeterminación, cuando internacional y nacionalmente sólo es aplicable: 1. A los pueblos coloniales, que en modo alguno es el catalán. 2. Si está sometido a leyes y tropas extranjeras, cuando la autonomía catalana es de las mayores de Europa. Y 3.

No puede autodeterminarse, cuando los catalanes se autodeterminan en cuantas elecciones celebran, según las leyes que también ellos aprobaron. Y lo piden, además, sin haber logrado ser mayoría en la población, que es lo mínimo que se pide en estos casos.

Fracasada su intentona de lograrlo a la brava, apelan a la «desobediencia civil». Vamos a ver como se come eso, pues la primera norma civil es respetar las leyes. Conociéndoles como ya les conocemos, no creo que se pasen de la raya. Sobre todo cuando Pedro Sánchez ha comprendido que también él se la juega y clama: «Ahora, España». ¿Es que antes no?

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor