Alberto Garzón no es ni carne ni pescado, es un gusano que repta en la fosa séptica del comunismo y que engorda fagocitando el solomillo fiscal de los españoles, convertidos hoy en carroña electoral de la macrogranja de la MoncloaCloaca Máxima en la que hozan y gobiernan los gorrinos rojos y las hienas separatistas de las dos ganaderías, la de la chapela y la de la barretina, en próspera coyunda con las mantis religiosas del feminismo sans-culottes, que en cuanto avizoran a un macho antropomorfo babean como bacantes en trance, chillan como puerca en paridera y gruñen como Cristina Almeida cuando en sus sueños húmedos un albañil le arroja un piropo desde el andamio.

Alberto Garzón es un gusano con cartera ministerial. Es un Rey Midas invertido, pues todo lo que toca lo convierte en mierda. En mierda física, metafísica y dialéctica. Todo lo que sale del albañal de su boca, todo lo que acarician sus zarpas y hollan sus pezuñas se convierte en basura gracias a la acreditada alquimia de los comunistas para mudar la prosperidad en miseria, el sudor en sangre y la Patria en gulag. Lo han hecho siempre.

Lo siguen haciendo. Mientras ellos se ceban sus pueblos se ahogan en hambre. Durante la Guerra Civil española, en el Madrid sitiado y torturado por el Frente Popular, los madrileños comían ratas, gatos anoréxicos, raíces y mondas purulentas, pero los jerarcas comunistas, liderados por Rafael Alberti, saciaban todos sus apetitos en mesas servidas como en la corte de los zares en el Club de Intelectuales Antifascistas, en el palacio de Zabálburu.

Cuando Miguel Hernández fue invitado por Alberti, al contemplar el obsceno despliegue pantagruélico en medio del hambre de los madrileños sólo dijo “veo aquí mucha puta y mucho hijo de puta”, le dio dos hostias a Alberti y se marchó vomitando asco.

Hoy Miguel Hernández le hubiera dado ese par de hostias a Alberto Garzón por intentar matar de hambre a los ganaderos españoles, diciendo en The Guardian que la carne española es bazofia porque torturan a las reses como los comunistas, los socialistas y los anarquistas torturaban a los fascistas en las chekas.

¡Qué pena y qué asco! Me pasa como a Miguel Hernández, “no veo más que putas, hijos de puta y gusanos”. Muchos.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )