HABLÓ LÓPEZ

El presidente de México podría llevar un nombre maya, por ejemplo: Batun Cauich Kultz, o Nayal Peech Yah. También cabría la posibilidad de que sus ancestros fuesen aztecas y el mandatario respondiese como Axayacalt Nazahualpihi, o Tozcuecuextli Hueche.

Pero no. Resulta que el presidente populista de México, de 65 años, es Manuel López Obrador, hijo de Andrés López Ramón y Manuela Obrador González. Uff, López, González, Manuela, Manuel… todavía va a resultar que el paladín indigenista es descendiente directísimo de los luciferinos conquistadores españoles (de hecho su abuelo materno es español).

Vivimos en la era de la identidad. La defensa de las especificidades particulares se ha convertido en el gran motivador político. En las lizas electorales, el argumento identitario está desplazando al debate clásico izquierda-derecha. Los movimientos populistas/nacionalistas en boga ofrecen una revancha a grupos sociales que se sienten rezagados o mal atendidos. Y funciona.

Tal fue la dinámica del Brexit y así han llegado al poder Trump y los populistas italianos. López, un inteligente y astuto veterano, sabe que no va a arreglar los problemas profundos de México, que desbordan a cualquier mandatario. Además, si perdura un par de mandatos probablemente logrará hacer papilla la economía con sus recetas «sociales» (véase el fastuoso legado del bolivarismo).

Así que para mantener vivo el apoyo de sus electores, necesita apelar al agravio y erigirse en defensor de una identidad maltratada por un malévolo agente exterior. En este caso, la víctima es una sociedad precolombina angélica y los villanos, España, que impulsó la conquista, y la Iglesia católica, que le dio su apoyo y bendición.

López ha enviado una carta a Felipe VI y otra al Papa exigiéndoles que pidan perdón a México por los agravios de los conquistadores. Una iniciativa tontolaba. Pretende revisar con criterios actuales hechos de hace 500 años, cuando México estaba lejos de existir.

Además, idealiza las sociedades precolombinas. Los imperios maya y azteca no eran el edén, más bien al revés. Los mayas vivieron en refriega constante con otros pueblos. Los aztecas conquistaron a sangre y fuego a los zoques, los mixtecos, los tepanecas… Muchas de sus ofrendas religiosas nos aterrarían por su crueldad y en su sociedad había esclavos, algo que la Corona española se cuidó de evitar que se hiciese con los indígenas.

Recapacite, López, que usted es uno de los nuestros.

Luis Ventoso ( ABC )