HACERLE LAS UÑAS A PUIGDEMONT

Vicent Sanchis, director de la televisión catalana, le hacía las uñas a Puigdemont, las uñas de los pies, ofrecidos con un desparrame de bañista, de marquesa bañista bañada con su gato, pies grandes de una marquesa que haría en el cine Mary Santpere seguramente, basta y esponjosa, con unos pies de hermana de Cenicienta, de personaje de Mihura, aquella esposa gordifea de La tetera.

Sí, era una entrevista, pero me imagino ese olor a toalla hervida, a laca fresca, a sales de desmayo, a señora grande y mojada secándose igual que su gato o su felpudo. Y todo eso se me mezcla con esa foto que salió en portada el lunes, ese Puigdemont también desparramado en el coche, con la sonrisa atornillada y gafas de sol, que parecía Peter Sellers haciendo de Dr. Strangelove, o el de Lolita. Claro, Lolita. Puigdemont ofreciendo sus pies, él a la vez el depravado, el engañado y el objeto del deseo, Clare Quilty, Humbert Humbert y Lolita.

Pretenderán ustedes que hable de lo que dijo en la entrevista, teniendo delante este combo de permanente de vieja y piedad autoerótica. Pero es inútil buscar lógica en la negación de la lógica. El secesionismo, con este Puigdemont sofista y sirenito, aún pretende sostener lo contrario a la democracia y al derecho y a la libertad hablando en nombre de la democracia y el derecho y la libertad, y eso no hay mente racional que lo aguante. Las falacias le suenan a remache que revienta, y las mentiras, a eco de tonel.

Uno sólo puede ignorar el murmullo de chorrito de lo que dice y contemplar a un señor catalán como japonés arrodillado ante su emperador, y a otro señor catalán como ruso usando el revés de las palabras como albornoz o paño de bidé. A Puigdemont, más que escuchándolo hacer burbujas en la bañera, se le entiende escuchando a Manuel Valls, cuando afirmó en Al rojo vivoque Francia hubiera dado una respuesta aún más dura a un intento de secesión. O al periodista señalado Tomás Guasch, contando en Espejo público cómo hasta sus amigos le dicen que se lo busca por ir provocando.

Yo no veía una entrevista, sino una escena del sofá con monja bigotuda. O un momento de sauna más romana que catalana. Olía, quizá, a temperatura de corva. Y brillaban, como dentaduras de dentista, dos sonrisas temblorosas y perversas.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )