HACIENDO LA PASCUA

Hoy en Cataluña no se respeta ni la «mona»: esteladas, motivos nacionalistas, plumas amarillas clavadas como estacas en el paisaje de la mantequilla, la trufa y el bizcocho. Sobre la «mona» de alguna sobremesa sobrevolará este domingo la discordia entre muchas familias catalanas. Imagino al «tiet i la tieta» con el lacito amarillo portando esa «mona patriótica» que no acaba de gustar a sus familiares.

Imagino que, encima, se les ocurre afirmar que el estado español es como el turco; o comparar Cataluña con Sudáfrica, la India colonizada o Alabama mientras que los agitadores del Procés son epígonos de Mandela, Gandhi y Luther King. Imagino también el estupor de quienes les escuchan: los que ponen en duda la «no violencia» del movimiento «cívic i pacífic» que dicen representar la ANC y Òmnium.

Olvidados los reiterados periodos de saña anticlerical –1835, 1909. 1936–, una facción de la iglesia catalana ha jaleado desde los púlpitos al secesionismo. Del nacional-catolicismo franquista al nacional-catolicismo nacionalista. Mossén Ballarín expresó muy bien esa alianza en su defensa de Jordi Pujol, cuando este confesó en julio de 2014 que tenía una «deixa» en Suiza: «Ha tenido una ‘flaca’, pues muy bien, ha tenido una ‘flaca’ y ya está», zanjó el mossén. La hipocresía es el cimiento de lo que Ibsen denominaba con sarcasmo «los pilares de la sociedad». En el doble lenguaje nacionalista, el delito es una ‘flaca’ («flaqueza») y la evasión de capital, una “deixa”.

Volvamos al mossén de Berga. «Pujol es el mejor presidente que ha tenido Cataluña después de Franco y eso se ha de reconocer. Solo puedes hacer una cosa: quitarte el sombrero, darle las gracias por lo que ha hecho y de lo demás, ya hablaremos». Ballarín le dedicó una misa y agradeció que hubiera configurado una estructura de la Generalitat «hecha para una nación». La hagiografía concluyó con una vindicación del voto independentista: «Él sabe que la fuerza de Cataluña és a pagès».

Los polvos del caso Pujol enlodaron la carrera de Artur Mas y propulsaron ese encubrimiento de la corrupción que llamamos «procés». Un año después, aplicaba feroces recortes económicos y culpaba al gobierno español de todos los males. En las municipales, Mas arropó a Xavier Trias en el Salón del Tinell. Lucía Caram, religiosa argentina que se jacta de ser una «monja cojonera» en el sentido peronista del término, ejerció de palmera. Aunque presume de defender a los desfavorecidos, Caram no dijo ni mu sobre los recortes de Mas en sanidad y educación; al contrario, se declaró «enamorada» del President y animó a los catalanes a «enamorarse» del independentismo.

En el último lustro, las declaraciones de personajes de la iglesia catalana como el abad de Montserrat Josep Maria Solé, el obispo de Solsona Xavier Novell o la homilía de cuatrocientos sacerdotes a favor del referéndum ilegal confirman ese nacional-catolicismo que ignora a la feligresía que se resiste a envolver la cruz con la estelada. Es chocante que la misma iglesia que padeció la violencia anticlerical en el 36 haga el juego a las CUP que proponen convertir la Catedral de Barcelona en economato.

Convendría que la Iglesia catalana dejara de confundir el apostolado con la propaganda política. No se puede criticar a imanes y ayatollahs e incurrir en similar adoctrinamiento. Hablar solo a la mitad de tus creyentes no tiene nada de evangélico. La Iglesia ha de ser un refugio espiritual que no sabe de ideologías o lenguas. Conviene, desde los púlpitos, fomentar la convivencia en lugar de devaluar a los mártires comparándolos con unos políticos presos.

Conviene reaccionar, también desde los púlpitos, a la violencia de los CDR que priva a los trabajadores en su movilidad y castiga gravemente a la economía. Basta de devaluar la liturgia con salmodias pseudohumanitarias, sirvan a todos los cristianos. Tengamos la «mona» en paz.

Sergi Doria ( ABC )

viñeta de Linda Galmor