HACIENDO PUÑETAS

¿Desobediencia, malversación, prevaricación? Bizqueo al escuchar la lista de los suaves delitos que el fiscal general del Reino atribuye a lo que en toda tierra de garbanzos o de pa amb tomàquet llamarían sedición, insurrección, alta traición y otras lindezas por el estilo. ¿No son, acaso, las únicas que merece todo un flagrante golpe de estado? Tan ridículas son las triquiñuelas jurídicas con las que el gobierno, la oposición y las instituciones, oh, pretenden poner freno al motín de Cataluña como las anacrónicas puñetas que aún adornan las bocamangas de las no menos ridículas togas de los magistrados.

Sería para morirse de risa si no estuviéramos en vísperas de lo que en cuestión de días, de horas o de minutos podría trocarse, por segunda vez en la historia de la hoy levantisca región de España a la que aludo, en siniestra Semana Trágica barcelonesa. La primera, cuyos motivos fueron muy distintos a los que ahora están en juego, transcurrió desde el 26 de julio hasta el 2 de agosto de 1909 y dejó tras de sí un pavoroso balance de setenta y ocho muertos, medio millar de heridos y ciento doce edificios, mayormente religiosos, en llamas. Cinco personas subieron al patíbulo, entre ellos un joven discapacitado que se puso a bailar con el cadáver de una monja por las calles de la ciudad.

La víctima postrera de la algarada fue el anarquista Francisco Ferrer, cuya discutida y discutible ejecución derivó a ponzoñosa piedra de discordia en el seno de la comunidad internacional. Fue un affaire Dreyfus a la española. Antonio Maura, a la sazón jefe del gobierno, tuvo que dimitir. Repare Rajoy en ello. El paralelismo es, sin duda, exagerado y por nadie, evidentemente, deseado, pero todos sabemos que los separatistas van a echarse a la calle si el referéndum se impide, y a partir de esa intentona de convertir la Ciudadela en Plaza Tahir de primavera yihadista o en Puerta del Sol ocupada por el 15-M, cualquier cosa puede suceder. Bastó la toma de la Bastilla, en la que sólo había siete presos, para que estallase la Revolución Francesa.

 Nadie duda de que el trágala de los catalanes sin seny exige que se aplique la ley, pero todas las leyes son entes de ficción si los legisladores no están dispuestos a imponerlas por la fuerza cuando se transgreden. Quizá sea ya demasiado tarde para hacer lo que debería haberse hecho mucho antes. Los acontecimientos se precipitan. ¡Dejen ya las autoridades de hacer puñetas!

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )