Hace ya unos años salió en el Carnaval de Cádiz una chirigota de viejos comparsistas disfrazados de jubilados que se llamaba «Los de la Tercera Edad, de Verdad». Y así era en efecto. No es que se hubieran caracterizado de ancianos, como «Los viejos del 55», o que su disfraz fuera de acogidos en una residencia de mayores.

Es que se trataba de veteranísimos chirigoteros que habían formado su agrupación en el hogar del pensionista al que acudían a echar el día. E iban vestidos como en su casa, con su bastón, su batín de franela, sus babuchas de paño, su espalda encorvada y sus pies renqueantes.

Con la importada fiesta de Halloween, ajena a nuestra tradición cristiana de los días de Todos los Santos y de Difuntos, va a ocurrirnos este año algo por el estilo. ¿A qué disfrazarse los niños y los jóvenes con trajes que den miedo, con imágenes de la muerte, si la realidad que desgraciadamente estamos viviendo y hemos vivido supera todos los sustos que puedan dar unos chavales caracterizados de cadáveres vivientes o de monstruos amenazadores en Halloween?

Estamos viviendo, como «La Tercera Edad, de Verdad», un Halloween de verdad, el más terrorífico que pudiera ocurrírsele a nadie. El más espantoso Halloween de verdad fueron, por ejemplo, las escenas que se vivieron en el Palacio del Hielo en los días más duros, o esas personas fallecidas en la soledad del hospital de campaña de Ifema, sin que nadie reclamara luego su cadáver, al que hubieron de velar los soldados de la Unidad Militar de Emergencia.

Me suele parecer siempre una imbecilidad la transculturación que supone la celebración del Halloween, que suelo españolizar en transcripción fonética como Jálogüin, y si me siguen recordarán que no falta cada año mi artículo, resaltando el horror que, a la larga, resulta la fiesta del pretendido horror. Pero celebrar este año el Halloween no sólo me parece una imbecilidad, sino una temeridad.

Lo que les faltaba a las pandillas de niñatos insensatos de la cultura del botellón que desafían e incumplen las normas de seguridad contra el contagio y siguen celebrando sus fiestas sin mascarillas, con mucho alcohol, sin guardar la distancia social, cuando las discotecas y los bares de copas ya han cerrado.

Estamos hartos de ver las reuniones de estos insensatos incívicos y antisociales que ponen en peligro a todos y aumentan las cifras de contagio, e incluso sus enfrentamientos con la Policía cuando va a disolverlos y a multarlos.

¿Se imaginan lo que puede formar ese niñaterío del botellón con el pretexto del Halloween este año? Igual que se han suspendido tantas fiestas en España, ¿por qué en las actuales y terribles circunstancias de la segunda ola no suspende la autoridad sanitaria y política toda clase de celebraciones de Halloween, aunque sean de menos de seis personas?

Es que los estoy viendo, y me dan terror. Borrachos como cubas, disfrazados de… de víctimas del Covid, ¿de qué va a ser? Y seguro que los fabricantes de mascarillas de tela ya están pensando en ponerse las botas y han diseñado y fabricado piezas especiales para Halloween, con bocas sangrantes, dientes de Drácula, o con media cabeza transformada en esqueleto, en lo que los andaluces llamamos «canina»?

No hay este año, como digo, Halloween que dé más terror que la realidad misma. Cada balance de contagiados, de hospitalizados, de fallecidos que vemos en cada telediario sí que son el más crudo Halloween que nadie imaginar pueda.

La realidad supera al arte cretino del miedo a la muerte en la imbecilidad de los disfraces de Halloween. Hace muchos meses que desgraciadamente vivimos la más terrible de las fiestas de Halloween. Y encima, los jóvenes de «la generación más preparada», los de la cultura del botellón, desafiando a la vida.

Pero de verdad. Y sin mascarilla de dar miedo.

Antonio Burgos ( ABC )