Todo lo que se siembra se recoge y la Historia de España es paradigmática para saber que lo que mal anduvo, peor acabó. Tristemente ejemplar.

Los actos implican consecuencias y todavía no parece que hayamos cosechado las malas semillas de la hipocresía corrupta que nos aqueja desde que desgobierna este grupúsculo radicalizado, siendo estos últimos años suficientemente expositivos de crisis generalizada para deducir que tanta presión no es sostenible.

En España estamos tan anclados y resignados en el interés tabernario del sanchismo que hemos perdido el ritmo de los acontecimientos quedando a este paso indefensos por la corrupción, el rupturismo, el quebranto del respeto a las instituciones y la reminiscencia de los peores años de desentendimiento que han desembocado en las recalcitrantes hecatombes del garrote y el puño.

Desde hace tiempo la anormalidad impera con una intención de desintegración encubierta, usando las debilidades de la democracia.

Y seguro que es más el delito oculto que el juzgado con  causas de corrupción por dirimir, ocultas por los medios prostituidos, incluso coartando el trabajo de la Guardia Civil y del CNI para que no se pueda investigar la pútrida mezquindad del partido más corrupto y golpista habido en España; maestro del engaño que siempre se las arregla para victimizarse proyectando las culpas contra otros: las verdaderas víctimas de la deshonra y la indignidad de un presidente, en bastardía democrática, sospechoso de múltiples delitos cuyas componendas nos abisman hacia una incertidumbre donde todo es posible y para mal.

El asalto definitivo a las instituciones contra el INE, el Tribunal Constitucional y el Consejo del Poder Judicial ha alertado más a Europa que a los propios e insensatos españoles.¿Que cuánto puede tensar la traición el marrullero sin escrúpulos y sus gregarios cómplices?
Hasta el golpe de estado que puso en marcha desde el primer momento de la moción de censura con que engañó a España y cuyo proceso se ha acelerado para no perder la poltrona de una presidencia bastarda.
Ignacio Fernández Candela ( El Correo de España )