El saber popular se apresura a facilitar una respuesta, venga o no venga al caso, tratando de competir en la necedad del ser humano. No son pocos los que aprovechan, sin ambages, semejante ocasión para hacerse notar.

El resultado es conocido, para el honesto pueblo que escucha o lee, pues, detectada la gratuidad y sinrazón de las respuestas, bastaría hacer oídos sordos, o terminar la lectura que nunca debió comenzar. El tiempo es un recurso escaso, la vida es corta y conviene por tanto aprovechar uno y otra.

La gravedad por la necedad de la respuesta, aumenta cuando el hasta cuándo… inquiere sobre cuestiones prioritarias en la vida de la polis que el interpelado no podría ni debería eludir.

De lo que llevo dicho, consideren los lectores que estoy, imaginariamente, haciéndome presente en eso que llaman ruedas de prensa, convocadas por la autoridad política, para dar a conocer, a los mass media y, por ellos, al pueblo, los acuerdos de un Consejo de Ministros, por ejemplo.

Las más de las veces, la respuesta del portavoz gubernamental, no responde, ni en el qué, ni el porqué, ni en el hasta cuándo… medias verdades, o sea, mentiras, son habituales. El bochorno de las respuestas, es mucho más solemne y campanudo si sustituimos la rueda de prensa, por la retransmisión de un debate en el Congreso de los Diputados.

Cuando me sitúo en un trance semejante, tengo que recordar foros equivalentes, en la Roma clásica –siglo I a. C.–, donde el desarrollo del debate era bien distinto –diferente el hasta cuándo… y diferente el resultado del mismo–.

Porque la frase ha quedado para la historia, me permito traerla aquí. La interpelación era de Cicerón ante el Senado de Roma, impugnando la candidatura de Lucio Sergio Catilina para las elecciones consulares, a las que se presentaba.

Así comenzaba Cicerón: «¿Hasta cuándo, dí, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?, ¿cuánto tiempo aún seremos juguetes de tu furor?, ¿a qué límite llegará… tu audacia? ¿… nada te ha desconcertado… ni las patrullas en la ciudad, ni el espanto del pueblo, ni la afluencia de todos los hombres de bien… ni el rostro y la mirada de los senadores? ¿No adviertes que tus designios están descubiertos, no ves que tu conjuración… todos estos la conocen, está ya aplastada?… ¿Quién de nosotros crees que lo ignora?» [M. T. Cicerón Catilinarias. I.- (1)].

Catilina, no fue elegido Cónsul, aunque, fortuna tuvo con morir en batalla contra el ejército de Híbrida, y no asesinado, como era frecuente. En España, la última conspiración –unión de algunos contra alguien– fue la Moción de Censura contra Mariano Rajoy (31 mayo – 01 junio, 2018). El resultado sería diferente al descrito; no había ningún Cicerón. Aquí, el conspirado fue investido presidente. «¡Oh tiempos, oh costumbres!» [op. cit. I.- (2)].

Cicerón, dejó para siempre el comienzo de hoy: «Quo usque tandem abutare, Catilina, patientia nostra?…». Hoy, titularíamos, «¿Hasta cuándo, Sánchez, abusarás de nuestra paciencia?».

Libertad Digital